Transcurría el año 2005, entre
esas crisis emocionales – término que jamás me ha gustado utilizar por tratarse
más de una época (por la que todos alguna vez pasamos o vivimos hasta morir)
donde no nos hallamos –, que comencé a estudiar la posibilidad inmediata de
dejar la carrera que estaba cursando.
Al verme atrapado en materias que
en ningún momento tuvieron sentido para mí, más que ese afán de ir creándome un
criterio, lograron llevarme al extremo de reinventarme y dar con la medicina
que tanto llamó a mi familia, pero que hasta ese entonces no había logrado
ningún eco en mi sentir.
Eso de pasar de ser comunicador
social a ser doctor, tenga sentido o no, es lo que resonaba en mi cabeza por
esos tiempos. La universidad donde llevaba a cabo mis estudios de alguna manera
coartaba mi libertad de expresión entre ideales religiosos, censuras a trabajos
audiovisuales y selecciones teóricas de autores a conveniencia.
Una mañana, entre pensar y
pensar, conseguí la solución al problema: tenía que conseguir un trabajo y
vivir lo que estaba haciendo en el mundo práctico. Eso me llevó directo a una
pequeña emisora de radio ubicada en el C.C.C.T, que transmitía únicamente por
Internet, según ellos en Caracas, Bogotá, Panamá y Miami. Nunca entendí la
selección de ciudades porque al estar en la web se hacía global. Tuve la
oportunidad de entender como se organizaba un guión de radio más allá de las
técnicas arcaicas que me enseñaban en los salones. Conocí gente interesante en
las entrevistas que realizábamos, otras no tanto, y para ese entonces, aquel
sueño fugaz de sanar a la gente se desvaneció.
Meses después logré tener mi
primer programa propio en esa misma emisora. Esta Es La Premisa, fue el nombre que conseguí un día cualquiera.
Nunca he sido bueno con los nombres. Este show
duraba una hora los lunes a las 7:30 de la noche. Yo lo conducía mientras
invitaba a distintos amigos a discutir cualquier cosa. Lo interesante es que no
se trataba de nada: divagaciones, críticas, opiniones. Una conversación de
cuatro personas y una cantidad de oyentes que vía Internet también podían
opinar.
Al cuarto programa, los
directivos de la radio comenzaron a inquietarse por los temas cualesquiera que
se hablaban, unido a la irreverencia y la critica. Comenzó la censura y algo
que me molesta desde que tengo uso de razón es que me impongan lo que tengo que
decir. En aquel entonces, mi respuesta era hacer caso omiso y hablar de
política cuando me lo impedían. La cancelación era inminente. El programa salió
del aire a los dos meses y me dieron uno nuevo llamado En Vivo, donde debía colocar música proveniente de conciertos
grabados mientras daba noticias referentes a los artistas que sonaban. Jamás di
una noticia sobre los artistas que sonaban, y la política y los temas
cotidianos fueron los protagonistas. Los jingles
y entradas que sonaban eran grabadas con discursos presidenciales, etc,
etc.
El programa fue tomando rating,
los números no mentían. Los directivos estaban felices creyendo que un programa
de noticias musicales acaparaba la atención nocturna. A los meses llegó una
nueva norma: al principio y al final de cada programa debía nombrar la lista de
los nombres de todos los que tenían cargos importantes dentro de la emisora. Me
rehusé, no soy de los que endiosa a nadie. La queja por parte de los de arriba
no tardó en llegar y la amenaza de que si no cumplía le daban el programa a
otro.
Cumplí. Decidí hacerlo grabado y
no en vivo para usar el efecto de voz rápida en el momento de dar los nombres
que me obligaban dar.
“Director de Producción:
vrvrewvrvrvrever”
“Asistente de cualquier cosa:
vrevervrrevrevr”
Al tercer lunes de cumplir con la
amenaza, el programa salió del aire. Me citaron en el cuarto de reuniones y con
la excusa de que harían cambio de programación, me dejaron con los audífonos en
la calle. Bueno, pasillo en este caso. Ese fue mi primer despido.
RFC

1 comentario:
eso fue como en el 2007! :p
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