martes, 3 de julio de 2012

Me han botado de todos los trabajos (Parte 1)

Transcurría el año 2005, entre esas crisis emocionales – término que jamás me ha gustado utilizar por tratarse más de una época (por la que todos alguna vez pasamos o vivimos hasta morir) donde no nos hallamos –, que comencé a estudiar la posibilidad inmediata de dejar la carrera que estaba cursando.
Al verme atrapado en materias que en ningún momento tuvieron sentido para mí, más que ese afán de ir creándome un criterio, lograron llevarme al extremo de reinventarme y dar con la medicina que tanto llamó a mi familia, pero que hasta ese entonces no había logrado ningún eco en mi sentir.
Eso de pasar de ser comunicador social a ser doctor, tenga sentido o no, es lo que resonaba en mi cabeza por esos tiempos. La universidad donde llevaba a cabo mis estudios de alguna manera coartaba mi libertad de expresión entre ideales religiosos, censuras a trabajos audiovisuales y selecciones teóricas de autores a conveniencia.
Una mañana, entre pensar y pensar, conseguí la solución al problema: tenía que conseguir un trabajo y vivir lo que estaba haciendo en el mundo práctico. Eso me llevó directo a una pequeña emisora de radio ubicada en el C.C.C.T, que transmitía únicamente por Internet, según ellos en Caracas, Bogotá, Panamá y Miami. Nunca entendí la selección de ciudades porque al estar en la web se hacía global. Tuve la oportunidad de entender como se organizaba un guión de radio más allá de las técnicas arcaicas que me enseñaban en los salones. Conocí gente interesante en las entrevistas que realizábamos, otras no tanto, y para ese entonces, aquel sueño fugaz de sanar a la gente se desvaneció.
Meses después logré tener mi primer programa propio en esa misma emisora. Esta Es La Premisa, fue el nombre que conseguí un día cualquiera. Nunca he sido bueno con los nombres. Este show duraba una hora los lunes a las 7:30 de la noche. Yo lo conducía mientras invitaba a distintos amigos a discutir cualquier cosa. Lo interesante es que no se trataba de nada: divagaciones, críticas, opiniones. Una conversación de cuatro personas y una cantidad de oyentes que vía Internet también podían opinar. 
Al cuarto programa, los directivos de la radio comenzaron a inquietarse por los temas cualesquiera que se hablaban, unido a la irreverencia y la critica. Comenzó la censura y algo que me molesta desde que tengo uso de razón es que me impongan lo que tengo que decir. En aquel entonces, mi respuesta era hacer caso omiso y hablar de política cuando me lo impedían. La cancelación era inminente. El programa salió del aire a los dos meses y me dieron uno nuevo llamado En Vivo, donde debía colocar música proveniente de conciertos grabados mientras daba noticias referentes a los artistas que sonaban. Jamás di una noticia sobre los artistas que sonaban, y la política y los temas cotidianos fueron los protagonistas. Los jingles y entradas que sonaban eran grabadas con discursos presidenciales, etc, etc.
El programa fue tomando rating, los números no mentían. Los directivos estaban felices creyendo que un programa de noticias musicales acaparaba la atención nocturna. A los meses llegó una nueva norma: al principio y al final de cada programa debía nombrar la lista de los nombres de todos los que tenían cargos importantes dentro de la emisora. Me rehusé, no soy de los que endiosa a nadie. La queja por parte de los de arriba no tardó en llegar y la amenaza de que si no cumplía le daban el programa a otro.
Cumplí. Decidí hacerlo grabado y no en vivo para usar el efecto de voz rápida en el momento de dar los nombres que me obligaban dar.
“Director de Producción: vrvrewvrvrvrever”
“Asistente de cualquier cosa: vrevervrrevrevr”
Al tercer lunes de cumplir con la amenaza, el programa salió del aire. Me citaron en el cuarto de reuniones y con la excusa de que harían cambio de programación, me dejaron con los audífonos en la calle. Bueno, pasillo en este caso. Ese fue mi primer despido.
RFC

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