Mi amigo Antonio alguna vez me había contado sobre aquel
lugar: El Aposento.
Una tarde, entre esos ajetreos y tráficos citadinos, y ante
la imposibilidad de llegar a mi casa a una hora adecuada, me desvié hacia la
dirección que Antonio me había dado días atrás en aquel matrimonio mediocre de
los gordos que tenían su futuro contado.
– Es un sitio clandestino. Después de que pasas el edificio
ese Sumun en Las Mercedes, cuentas
cuatro y ese es – me dijo con exaltación. – No tiene nombre, es como beige con
blanco. Olvídate de cualquier puticlub que hayas ido antes. Esto no es Trio ni el Angelus. Con esto se te va a caer la cara. Entras, subes al último
piso y tocas el timbre de la puerta roja dos veces con un intervalo de tres
segundos.
– ¿A dónde coño me estás mandando? – le reproché con cierta
indiferencia.
– Hazme caso.
La cola en Las Mercedes también estaba trancada. Maldita ciudad llena de semáforos,
pensé. Para llegar al edificio Sumun tenía
que dar toda la vuelta y caer en la principal de alguna manera por lo que
preferí estacionarme en el Farmatodo y caminar. Al bajarme del carro entré a la
farmacia aparentando ser cliente para evitar los reclamos del vigilante de
turno por usar el espacio como estacionamiento de la ciudad. Al ver la poca
cantidad de gente en el lugar, aproveché para comprar una bolsa de platanitos y
comerla en la caminata.
– No todo el mundo
lo conoce, pero yo te lo digo a ti porque eres mi pana. Después de tocar el
timbre dos veces, te van a hablar por una rendija que está en la puerta. Tú
sólo tienes que decir Aposento, Antonio
Reguera, para que sepan que estás invitado por mí, y te abren.
Entre corneteos, perrocalenteros y mendigos, atravesé Las
Mercedes hasta llegar a la esquina donde está el edificio Sumun. Lo bordeé y comencé a contar los siguientes hasta llegar al
cuarto, beige con blanco y sin nombre. Subí por un ascensor antiguo y
desvencijado hasta llegar al último piso. Al salir, lo primero que vi fue la
puerta roja. Con cierto nerviosismo toqué el timbre una vez. Tres segundos.
Otra vez.
– ¿Diga? –, sonó la voz de una señora, anciana y con lentes
de pasta a mi parecer.
– Aposento,
Antonio Reguera.
Pasó un minuto aproximadamente donde el silencio reinó el
lugar hasta que la puerta automáticamente se abrió. Al entrar me encontré con
un largo pasillo anaranjado que cansaba la vista. Lo recorrí con lentitud hasta
que llegué a una sala antigua pero lujosa. Las paredes eran marrones y a los
lados habían sofás de cuero negro. Una gran lámpara con forma de araña
iluminaba tenuemente el lugar. En una esquina se mostraba la señora detrás de
un escritorio, en efecto, anciana con lentes de pasta.
– Por aquí, señor –, me dijo seriamente mientras me hacía un
gesto con sus dedos.
Me acerqué a ella.
– Antonio Reguera, dice usted.
– Así es –, contesté confuso ante la seriedad que mostraba
el personaje.
– Su nombre, por favor.
– Martín Negro.
– Es usted muy blanco para ese apellido, señor Negro –, dijo
la anciana con cierta sonrisa disimulada en sus labios.
No emití opinión. No sabía si debía hacer un comentario
racista o simplemente sonreír.
– Debo sospechar que no tiene mucha idea de cómo funciona
este sitio, Sr. Negro –, rompió el silencio la de los lentes de pasta.
– En efecto.
– Siéntese en aquel sofá y presione el botón menú en la mesa que está a su lado.
Decida lo que va a pedir y vuelva aquí para hacer el pago correspondiente –,
señaló hacia el lado izquierdo de la sala.
Caminé hacia el sofá, me senté sin entender mucho el asunto.
El sitio se veía extremadamente costoso. La mesa se trataba de una especie de tablet con un gran botón rojo donde
ponía menú. Lo presioné y comenzaron
a salir una serie de fotografías con distintas mujeres, cada una más
espectacular que la otra. Escogí a una mujer de unos 26 años, cabello negro, y
cuerpo delgado. Katrina. Al presionar su nombre, aparecieron una serie de
opciones donde debía escoger que hacer con ella una vez que estuviésemos a
solas.
·
Una hora de charla sobre Charles Bukoswki 350
bs.
·
Hora y media de charla sobre el apartheid
sudafricano 400 bs.
·
Media hora de insultos de clase 250 bs.
·
Dos horas de romanticismo francés 400 bs.
·
Dos horas de renacimiento 450 bs.
·
Desmontaje de Cervantes y Don Quijote (Sin
límite) 700 bs.
·
Hora y media de discusión sobre Sartre y Kant
370 bs.
·
Experiencia 1000 bs.
Tenía ganas de discutir sobre Sartre y escoger la penúltima
opción, pero una curiosidad extrema me llevó a querer saber que había detrás de
la experiencia. Sin pensar dos veces
el costo, presioné la opción. A su vez salieron otras cinco:
·
China.
·
Francia.
·
Inglaterra.
·
España.
·
Estados Unidos.
Hace poco había visitado París por lo que presioné la opción
de Francia. En ese instante apareció un mensaje indicándome que me dirigiera
hacia el escritorio de la anciana.
– Buena elección, Sr. Negro. Es usted afortunado para
disfrutar de semejante experiencia, y recuerde, para nuestros clientes más
asiduos esa experiencia se puede volver personal doblando el costo de la misma.
Su tarjeta, por favor.
Le entregué la tarjeta de crédito y la anciana, con una
calma envidiable realizó el trámite sin problema alguno. Una vez firmado el
recibo, una puerta a la derecha se abrió y apareció Katrina. Era una mujer
espectacular, tal como la que aparecía en la foto. Se presentó, me cogió del
brazo y me llevó a través de la puerta. Pasamos nuevamente por un estrecho
pasillo anaranjado hasta llegar a una habitación asignada como la 266.
El lugar estaba decorado como una mazmorra. En el centro se
encontraba una vieja guillotina y al frente una silla. Katrina me sentó.
– Disfruta el viaje, querido –, me dijo con una voz sexual.
Se fue hacia una esquina de la habitación donde se
veía la sombra de una mesa. Se desvistió. Ante mí se postró y pude divisar una
de las mejores figuras femeninas que había visto a lo largo de mi vida. Acto
seguido tomó una capucha negra y fue hasta la guillotina. Se arrodilló frente a
ella. Se colocó en su cabeza la capucha negra.
– Aquí es cuando tú disfrutas –, dijo de una manera que no
supe diferenciar si buscaba ayuda o esperaba con ansias su actuación.
Katrina haló una cuerda que caía a uno de los lados del
aparato asesino y la cuchilla de acero cayó desde lo alto separando la cabeza,
con la capucha, de su cuerpo. Esta llegó hasta mis pies. De un salto me levanté
de la silla y en cuestión de segundos una puerta se abrió. Encima del marco un letrero,
en letras rojas, ponía La experiencia ha terminado.
Salida. Atravesé el portal que me llevó a unas escaleras. Al bajarlas me
encontraba de nuevo en la calle. En Las Mercedes. A cuatro del edificio Sumun.
(Homenaje a Woody Allen)
(Homenaje a Woody Allen)
RFC

14 comentarios:
"para comprar una bolsa de platanitos y comerla en la caminata" realmente una imágen. No pude parar de reír hasta el final. Excelente balance entre el humor y lo negro. El último proyecto de Kubrick estuvo ambientado en algo similar, pero se murió antes de tiempo... al parecer, como todo el mundo...
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Logras intrigar al lector de principio a fin, pero el final fue abrupto y lo sabes.
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