martes, 29 de mayo de 2012

La ciudad de la estadística



En esta ciudad con horario de encuartelamiento, aquel que busca pasear por las calles oscuras – con destino necesario o no –, participa en la contienda del azar de un juego en el que se entra pero nunca se sale. Aquí cada quien cumple su rol en horarios de sol sabiendo que es necesario tomar el riesgo y continuar la vida para traer el pan a la casa. La única que nunca deja de trabajar y hace tiempo que no toma vacaciones es la muerte, que acecha a cualquiera que se pare.
Porque en esta ciudad, el que se pare pierde.
– A la luz del día las cosas marchan con tranquilidad –dijo el anciano del 4to B, mientras se tomaba una copa de vino, tres días antes de presenciar a un motorizado descargando su .38 contra un taxista que se detuvo a reclamar por los daños a su retrovisor –, si uno se enconcha en la noche sobrevive a la inseguridad.
Aquellos que deambulan sin rumbo a altas horas son los que se esconden detrás del perico, el alcohol, las ratas, la marihuana y la piedra. Los demás huyen cuando no están bajo techo. En esta ciudad siempre alguien está persiguiendo. No se confía en nadie y se hace entender que se odia a todo el mundo.

Esa noche, mientras Arturo veía con su esposa una película en uno de los canales del cable, fue sorprendido por los constantes intentos de su hija para combatir el asma del que era víctima. Cada segundo que transcurría, a Clarita, la menor de dos, se le complicaba cada vez más respirar. Los esfuerzos de los dos padres de conseguir un inhalador terminaron al entender que el último se había acabado. La irresponsabilidad le estaba jugando una mala movida.
Arturo, desesperado al ver a su hija asfixiada, cogió un suéter y salió en una misión de emergencia.
– Cuídate allá afuera y no tardes –, le dijo su esposa al ver la hora en el pequeño reloj de la sala.

Arturo manejó con impaciencia. Sabía que los cuentos e historias que se colaban en cualquier reunión, ascensores, salas de espera y fiestas, eran reales. Cualquiera cae en la estadística sin buscarla, y más aún cuando se le reta. Esta ciudad es traicionera. La vida misma es traicionera.
Se estacionó con prisa en el Farmatodo más cercano. Al entrar, una mujer bien vestida, de unos treinta años, se le acercó preguntándole por una dirección alegando ser de Valencia. Arturo rápidamente, con miedo de llevarse una sorpresa al negar un favor, le explicó con algunos detalles.
– Gracias mi amor –, le dijo la dama tomando su brazo –, hoy en día son pocos los que en este país se preocupan por los demás.
– De nada, pero tengo prisa, mi hija está enferma –, le contestó Arturo con cierto disimulo para dejar la conversación hasta ahí y continuar en su misión.

Por su suerte no había nadie en el mostrador y no tuvo que pasar por la larga espera de los números que se publican en la pantalla negra. Lo atendieron al instante y pidió cinco combivent. Si me llevo cinco de una vez, no vuelvo a pasar por esta situación, pensó.
Pagó y salió con rapidez. El tiempo corre. Clarita no respira y la calle se pone peligrosa. Llegó al carro, saco las llaves y vio la silueta de la mujer agradecida frente a él. Arturo entendió que esa noche la suerte no estaba de su lado. Hacer favores no te salva.
– Yo sé que tú eres noble –, le dijo la dama con otro tipo de voz –, y tu hija está enferma. Pero yo también tengo que sobrevivir en estas cloacas.
– Quédate quieto y salimos de esta rápido –, le dijo la voz de un hombre que llegó a su espalda.
Arturo sintió algo duro a la altura de su cuello. Sabía que lo estaban apuntando y que la mujer no estaba sola. Clarita no respiraba y él no podía cumplir su rol de padre.
– Dame las llaves y el celular y no te pongas idiota que aquí mismo te mando a dormir –, dijo la voz masculina con cierta tranquilidad y experiencia en el asunto.
– No te lleves el carro, por favor. Mi hija está enferma y necesito llegar con su medicina –, intentó victimizarse dentro de la situación y jugárselas.
Negociar es asunto de valientes que no salen con vida. En esta ciudad, cuando el que tiene el poder (el arma en la mayoría de los casos) pide algo, no hay que pensar dos veces para entregarlo. El que juega a ser héroe termina en el asfalto. El que no, en muchos casos, también. Pero en otros, quedan de pie.
 – A mí no me interesa tu hija, por mí que se la lleve el diablo. Dame las putas llaves que no hay tiempo pa’ mariqueras –, contestó la voz masculina con grados de alteración.
 – Por favor, ne… –, intentó decir Arturo antes de recibir un golpe en el hombro con el arma que lo amenazaba.
 A esas alturas en que la situación está fuera de control y que la víctima pasa a depender del destino al que le tiene preparado la ciudad, es cuando las guardias bajan y viene la entrega. La dejadez. La impotencia transmitida en desolación absoluta. El bueno cae. El malo vence. Bienvenidos a Caracas.
 Arturo entregó las llaves sabiendo que quizá nunca llegaría a entregarle las medicinas a Clarita. Pensando que ya nada dependía de él en caso de incluso querer volverla a ver.
– Móntate, héroe marico, que yo mismo te llevo en mi carro nuevo para que salves a tu hija –. Dijo el nuevo dueño con una sonrisa en el rostro –. Eso sí, después me la pichas.


Camino a su casa, siendo llevado como quien pide la cola de emergencia, pensó que en la jungla todos los animales actúan para sobrevivir. Hay unos buenos, unos malos, y otros más malos. A él la cosa no le salió tan grave. Perdió el carro, pero la medicina llegó a tiempo para Clarita.

RFC 
 

2 comentarios:

Kirín dijo...

Genial como siempre :*

TOTICASANOVA dijo...

1ra vez: Secuestro Express...
2da vez: Me quitaron cartera y telf y a pesar de estar al lado del carro no me lo quitaron
3ra vez: Me quitaron dinero y carro. No me llevaron a mi casa pero me dejaron plata para que agarrara un taxi...
4ta vez: Solo el celular

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