Fui engañado al Vaticano. Me dijeron que tenía unas entradas vip para una audiencia privada con Ratzinger Z con no más de cien personas dentro de uno de los cuartos del palacio que no suele estar abierto para las personas mortales. Las palabras de la invitación en cuestión anunciaban que tenía que ir bien vestido, de hecho con flux, porque se trataría de un encuentro con el representante del mandamás o quien todo lo decide allá arriba. Yo vine de vacaciones a Roma, pues no tengo flux.
Me levanté a las siete de la mañana, me puse mi chaqueta y me fui al Vaticano con varias ideas en la cabeza para decirle a este señor en caso de que me den cinco minutos con él o el derecho a un saludo fugaz.
Al llegar a la Plaza San Pedro, el tumulto de gente ya se hacía presente. El calor también. Guardias de seguridad tal cual aeropuerto hacían de las suyas para crear cola en la entrada. La cosa ya no pintaba bien.
Al entrar, quien nos dio las invitaciones apareció y nos llevó hasta unas sillas que estaban instaladas en la plaza para sentarnos. Fue en ese instante que me di cuenta que la audiencia privada ya no era tan privada. No era para un grupo de cien personas, era para un grupo de miles. En ese instante ya me quería ir.
Cantos religiosos por todos lados. Banderas de países. Jóvenes. Adultos. Ancianos. Sillas de rueda. Pancartas. Rosarios y más rosarios.
El espectáculo estaba pautado para las diez de la mañana, y la estrella principal, tal cual Axl Roses, salió a las once paseando en un carro entre toda la gente hasta que se postró debajo del techo en la tarima del Vaticano.
A partir de ese entonces comenzó el show más aburrido de los que he asistido a lo largo de mi vida. La cosa comenzó con diferentes curas leyendo un evangelio en distintos idiomas. Luego, en distintos idiomas también, comenzaron a saludar a cada grupo religioso, de peregrinos y colegio que había asistido al lugar. Una vez que el grupo en cuestión era nombrado, sus representantes gritaban y levantaban banderas al propio estilo de Megamatch. Sólo faltaban los pompones de cheerleaders.
A mi lado, unos venezolanos si estaban en flux – porque en esta vida estamos para ser payasos – a pesar del inmenso calor que había alrededor, y de que entre las miles de personas que se congregaron ahí, sólo ellos estaban vestidos así.
Una señora a mi derecha se presenta asegurando ser ecuatoriana pero residenciada en Maracaibo. Me regala un rosario para que Z me lo bendijera al final de show. Se lo acepté, la mujer tenía una bolsa con más de cien rosarios. Le hizo el día a la tiendita de recuerdos al final de la atracción. Me pidió que me lo guindara. Ahí si me negué. Me explicó que al igual que yo, ella también pertenecía al grupo de Peregrinos del Ave María. Le contesté que yo no pertenecía a ningún grupo, que estaba ahí engañado y prefería estar en la casa durmiendo. Creo que en ese instante se arrepintió de haberme hecho el regalo, aunque no sirvió para sacudírmela, pues durante el tiempo que duró la cuestión no dejó de narrarme todo lo que iba ocurriendo. Como si yo no estuviera ahí viendo lo mismo que ella. Estos fanáticos se las traen.
La cosa terminó y yo no entendía porque la gente lloraba. El ambiente era como si Michael Jackson hubiera vuelto del mundo de ultratumba para dar un concierto en Roma. Al final me quedé esperando que este distinguido personaje cantara o bailara o al menos hiciera malabares para entender el meollo del asunto. La gente viene de tan lejos para ver a este señor sentado en una silla, con su traje acostumbrado, leyendo de un papel y levantando la mano. Me la jugaron mal. Me engañaron. Me ultrajaron el sueño. Hubiera esperado al menos que lanzara unos discos de música gregoriana o su mismo sobrerito blanco. Nada. En fin, al menos no pagué una entrada.
RFC
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