(Homenaje a Woody Allen)
NOS ODIAN DESDE ARRIBA
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martes, 31 de julio de 2012
El Aposento
(Homenaje a Woody Allen)
martes, 17 de julio de 2012
El señor bigotudo barriendo va riendo. (Parte 1)
jueves, 12 de julio de 2012
Bocetos
martes, 3 de julio de 2012
Me han botado de todos los trabajos (Parte 1)
miércoles, 27 de junio de 2012
Y yo odio desde abajo
martes, 12 de junio de 2012
Mal aliento
martes, 29 de mayo de 2012
La ciudad de la estadística
– No te lleves el carro, por favor. Mi hija está enferma y necesito llegar con su medicina –, intentó victimizarse dentro de la situación y jugárselas.
Negociar es asunto de valientes que no salen con vida. En esta ciudad, cuando el que tiene el poder (el arma en la mayoría de los casos) pide algo, no hay que pensar dos veces para entregarlo. El que juega a ser héroe termina en el asfalto. El que no, en muchos casos, también. Pero en otros, quedan de pie.
– A mí no me interesa tu hija, por mí que se la lleve el diablo. Dame las putas llaves que no hay tiempo pa’ mariqueras –, contestó la voz masculina con grados de alteración.
Camino a su casa, siendo llevado como quien pide la cola de emergencia, pensó que en la jungla todos los animales actúan para sobrevivir. Hay unos buenos, unos malos, y otros más malos. A él la cosa no le salió tan grave. Perdió el carro, pero la medicina llegó a tiempo para Clarita.
RFC
miércoles, 11 de abril de 2012
La niña de zapatos rojos

Sabía que era mi última noche. Las pastillas para la esquizofrenia se habían acabado ese día. El timbre sonó a las tres de la madrugada. Estaba escribiendo, o al menos intentándolo. Agarré el vaso de whisky que acababa de servirme y me dirigí hacia la puerta. Al abrirla tuve que bajar la mirada, aquella visita nocturna no era más que una niña con zapatos rojos. Sin decir nada entró a la casa y fue directo a sentarse en el sofá desvencijado y quemado por cenizas de cigarrillo.
– Tu casa huele a mierda – me regañó.
Tenía tiempo sin recibir visitas, y menos a estas horas. Era una niña desconocida, bien vestida y con una perfecta articulación de las palabras. Estaba sentada esperando.
– ¿Y tú quién eres? – le pregunté tras el comentario denigrante hacia mi morada.
– Yo quiero ir a Berlín. Me dijeron que tú me podías llevar.
Jamás había estado en Berlín. Una vez estuve de paso por Dortmund, en la época en que la enfermedad no había llegado, y las pocas horas que pasé en la ciudad me sentí el ser más inútil del universo. Una cebra habría podido lograr más que yo en su estadía en esas tierras germánicas. No pude ni comer porque una mujer obesa encargada en un puesto de comida no logró entender las señas que yo le hacía para pedirle una salchicha. Al final me entregó una ensalada. No como ensalada. No como nada verde.
La niña subió sus pies a la mesa. Se acomodó. Me dio a entender que no se iría de mi casa hasta lograr su cometido. Me quedé viendo sus zapatos rojos. Algo había en ellos que me causaba atracción. Fui hacia el bar para servirme otro whisky.
– ¿Quieres uno? – le pregunté.
– No, tráeme una copa de vino.
– ¿Tinto o blanco? – le volví a preguntar.
– Tinto, y mejor trae la botella completa.
Fui hasta el bar agradeciendo que pidiera vino tinto porque esas botellas las tengo de adorno. Prefiero el blanco por eso de que el otro deja los labios morados. A la niña no le quedarían mal los labios morados, harían juego con sus zapatos.
Le entregué la copa y le serví el vino. Me senté al otro lado con el vaso en la mano. La niña se me quedó viendo.
– ¿Qué quieres hacer en Berlín? – dije rompiendo el silencio.
– Vivir – me contestó con seguridad.
– ¿Y aquí no vives?
– No, aquí huele igual de mierda que tu casa.
Quería lanzarle el vaso o botarla por repetir constantemente el tema del supuesto hedor de mi casa. Pero algo me lo impedía. La clase con que tomaba vino me hacía querer beberlo también.
– Hay sitios que no huelen a mierda, si caminas un poco verás que puedes llegar al olor de Berlín – le dije.
– No, no me gusta caminar aquí. Hay basura y las calles tienen grietas – me contestó la sabelotodo mientras sacaba una caja de cigarros – No te voy a preguntar si puedo fumar porque…
- …huele a mierda ya – terminé su frase con resignación.
Ella asintió.
– En Berlín no puedes fumar en sitios cerrados – le dije para ganarle una.
– Aquí tampoco – me respondió – ¿Quieres uno?
Alargué el brazo y cogí uno de sus cigarros. Ella sacó un encendedor y me lo prendió primero a mi, luego a ella.
– ¿Cómo llegaste hasta aquí? – pregunté confundido.
– Esta tarde paseaba por la calle con Holli y te vi asomado en la ventana, supuse que eras un anciano solitario y sin vida: el candidato perfecto para llevarme a Berlín.
– ¿No dijiste que te dijeron que yo era quien podía lle…?
– No, eso lo inventé – me dijo mientras apagaba su cigarro en el cenicero con forma de dragón que heredé de un bisabuelo que murió hace veinticinco años a causa del Ébola.
Se levantó de golpe y se asomó por la ventana. Al soltar la cortina se dirigió hacia la puerta de la entrada-
– ¿Qué haces?
– Dejé a Holli afuera, no sabía cuando tiempo iba a pasar aquí. Hace frío y no la puedo dejar así.
– ¿Quién coño es Holli? – le pregunté con cierta amargura, pues no tenía intención de permitir un preescolar en mi casa. Ya me bastaba con una para que además llegara otra igual.
La niña abrió la puerta y salió. Yo me quedé dentro esperando, dudando, a la expectativa de ver qué es lo que iba a pasar. A los pocos segundos entró seguida de un perro. Un Pug. Medía poco más de un metro con su cuerpo marrón claro y su rostro negro arrugado. Siempre he creído que estos animales nacieron ancianos y amargados, tal como un bull dog miniatura. La bestia fue directo al sofá y se sentó sobre él.
– ¿Un perro? Eso es lo que no podías dejar afuera – le afirmé.
– Se llama Holli, y es una perra – me dijo sin inmutarse.
– Lo que sea, no me gusta que entren animales a mi casa.
– Ya te dije que no la voy a dejar afuera – me contestó con indiferencia.
– Al menos dile que se baje de mi sofá.
– Holli, bájate del sofá que te vas a ensuciar.
Fui al bar y me serví otro trago, la noche se planteaba larga y ya mi genio estaba cruzando los límites establecidos.
Cuando regresé a la sala el perro estaba de nuevo sobre el sofá y la niña desaparecida. La llamé y apareció con una lata de palmitos.
– ¿Quién te dio permiso para escarbar en mi nevera? – pregunté severo.
– Holli necesita comer, y esto es lo único interesante que conseguí en esa nevera.
La niña siempre daba un paso adelante cada vez que de responder se trataba. Me estaba sacando de quicio. De estar tranquilo escribiendo pasé a tener una inquilina en mi casa, regalándole la comida a un perro y un cuento sobre Berlín.
Ahí estaba el animal, tragándose mis palmitos uno a uno.
– Mira, por aquí quiero pasear – me dijo mientras me mostraba una fotografía de la Siegessaule.
– No me interesa por dónde quieras pasear. Yo no quiero salir de mi casa. Yo no voy a ir Berlín a llevar a nadie. No voy a viajar con eso – le dije mientras señalaba al perro.
– Holli – me corrigió.
– Lo que sea. ¿Quién va a reponer mis palmitos ahora?
– Yo puedo ir mañana a comprarlos.
– Si, claro que puedes, y puedes aprovechar y comprar las pastillas también, pero lo necesito ahora.
– ¿Qué pastillas? Yo no le he dado pastillas a Holli – dijo con voz inocente.
– Las pastillas, las pastillas. Mis pastillas para la esquizofrenia.
– ¿Esquizofrenia?
– Si, esquizofrenia alucinatoria con ira narcisista involuntaria.
– ¿Y ves gente?
– Te estoy viendo a ti – le dije sin importancia.
– No, que si alucinas, me refiero – respondió la sabelotodo.
– Una vez, pero el humor cambia y ya no soporto eso ni a ti ni a…
– Holli.
– Holli – contesté con brusquedad – Quiero terminar de escribir, por favor despídete y sal de mi casa.
– ¿Qué escribes?
– Eso no te importa.
El perro comenzó a emitir una serie de ronquidos estrafalarios. Era un sonido de otro mundo. Nadie podría dormir al lado de ese ser. A esta hora ya el sofá debía estar manchado de baba y saliva. Vaya noche.
La niña se acercó a la mesa donde tenía la hoja que estaba escribiendo antes de que apareciera.
– ¿De quién te despides? – me preguntó.
– De nadie, ya te dije que eso no es de tu interés.
– Es una carta de despedida.
– No te las des de la sabia conmigo ¿eh?
– ¿Te vas a matar? Si lo vas a hacer, primero llévame a Berlín.
– No. No te metas en mi vida. Ya te dije que no te voy a llevar a ningún Berlín. Por favor, sal de mi casa.
Los zapatos rojos de la niña hacían que a pesar de querer botarla me dejara un cierto aire de esperanza. Eran atrevidos, pecadores, pero a la vez vivos y decentes. Ella notó que mi mirada de vez en cuando se perdía en sus pies. El perro seguía roncando como la bestia que era.
– ¿Puedes callarlo de una vez? – me quejé.
– No. Siempre que duerme ronca porque tiene la nariz chata.
– Ya no puedo estar tranquilo ni en mi propia casa.
– ¿Me vas a llevar a Berlín? – me volvió a preguntar.
– No niña, no puedo salir de esta casa. Hace ya dos años que estoy encerrado aquí. Tengo miedo a estar en la calle. Allá afuera hay peligros con los que no podría vivir. Menos montarme en un avión contigo.
– ¿Es por eso que te vas a matar?
– En parte – le contesté.
– Qué lástima – me dijo resignada – ¿Y de quién te despides?
– De nadie, de ti, de quien sea.
La niña se me quedó viendo por varios segundos. Comenzó a quitarse los zapatos rojos y me los dio.
– Toma, te los regalo – me dijo mientras me los daba.
– ¿Por qué? – pregunté confundido.
– Porque te hacen feliz.
– Gracias, supongo.
Coloqué los zapatos sobre la mesa, justo al lado del cenicero con forma de dragón.
– Voy a ir a comprar tu palmito y tus pastillas para que puedas matarte.
– Gracias – le contesté.
La niña salió de la casa y me dispuse a terminar de escribir la carta. Los ronquidos del perro no me dejaban mantener la concentración. Ya no sabía qué escribir. Me levanté para servirme otro trago y me encontré con los zapatos rojos. Los cogí. Verdaderamente me hacían feliz. Subí a mi habitación, me senté en la cama de debajo de esta, saqué una pequeña caja con los ahorros de mi vida.
Al regresar a la sala, agarré la carta incompleta y por la parte de atrás escribí “Gracias por las pastillas. Vive en Berlín”. Puse el papel sobre los ahorros, bajé al animal del sofá y me acosté con los zapatos rojos.
A la mañana siguiente desperté con la luz del sol que se colaba por la ventana que la niña dejó mal cerrada. Los zapatos rojos posaban al lado del sofá puestos ordenadamente. Sobre la mesa estaba la caja de ahorros por la mitad y la misma carta incompleta con unas líneas de más: “No me llevé todo el dinero porque también necesitas. El palmito está en la nevera. Las pastillas no te las pude conseguir, pero te dejé a alguien que te puede hacer compañía hasta que regrese de Berlín o logres matarte…”.
Al subir la mirada de la hoja, me percaté de que la bestia estaba mirándome desde el otro lado de la sala.
“…compré palmito para los dos. Se llama Holli, recuerda, y es una perra”.
Por unos segundos quise matar a la niña. Yo no quería esperar un día más y menos con el animal, pero tras analizar la situación, y los zapatos rojos, pensé que quizá no sería tan complicada la espera.
– Holli, ven aquí – llamé al perro.
No me hacía caso.
– Holli, ven aquí – repetí.
Nada.
– Coño, perro del carajo, que vengas.
Al escucharme, el animal comenzó a orinarse sobre la alfombra.
– Maldito animal.
Era el comienzo de una nueva amistad.
RFC
sábado, 31 de marzo de 2012
La mecedora de Haití

Me senté a leer en la mecedora de Haití de mi abuela. Siempre la consideró una reliquia. Era su preferida. Pasaba largas horas sentada viendo por la pequeña ventana al costado de la sala antes de morir. Puedo decir que al dejármela la salvó de vivir en ese purgatorio de país donde fue creada.
Al pasar la segunda página del libro ella apareció. La había sentido segundos antes de hacerse visible a mis ojos. Su presencia se hacía notar sin necesidad de estar en el momento indicado. Es como el aire frío que siente el cuerpo cuando el peligro está al acecho. Aparté la mirada del libro y volteé para verla. Ahí estaba. Erguida en su orgullo. Vestida siempre de azul y con la sonrisa falsa marcada en su rostro. He actuado de distintas maneras cada vez que se presenta. Esta vez quería deshacerme de ella. Quise ahorcarla y demostrarle mi repudio. Comérmela para no verla más. A pesar de todo me tranquilicé.
Sabía por qué estaba ahí. Sabía que es lo qué quería. Mi abuela siempre la dejó sentarse en la mecedora de Haití mientras disfrutaba de esa sonrisa maldita que atormenta a cualquiera. Nos vimos fijamente a los ojos por varios segundos. Ninguno apartó la mirada. Era una lucha, un desafío por el poder. Yo accedí y bajé la vista nuevamente al libro.
Intenté continuar la lectura pero sentí su mirada penetrando en mi cabeza destruyendo con su miseria toda la felicidad que alguna vez logré alcanzar.
Comencé a sudar. El pánico se apoderó de mi mente. No aguanté. Me levanté, la agarré y la senté en la mecedora de Haití. Ahí estaba, posando con su sonrisa de victoria mientras yo me sentaba en el suelo derrotado. No pasó un minuto y ya escuchaba su risa. Una carcajada malévola, burlona con aires de superioridad. Me veía y me señalaba. Disfrutaba jugar conmigo, apoderarse de lo mío.
Me levanté bruscamente del suelo. La agarré. La arrebaté. La torcí. La mordí. La lancé. Una fuerza bruta se apoderó de mi haciéndome olvidar todo. Sentí felicidad. Estaba lleno de vida mientras sentía su dolor. De su pequeño cuerpo de porcelana comenzó a salir un pequeño hilo de sangre. La volví a lanzar hasta que su cabeza se separó de su cuerpo.
Me senté de nuevo en la mecedora de Haití. Cogí el libro y reanudé mi lectura. Ahora yo, después de tantos años había logrado vencerle.
El aire frío había desaparecido. La sala estaba tranquila y en silencio. Había paz en el ambiente. Volteé para verla y ahí estaba con sus ojos penetrantes. La sonrisa aún plasmada en su pequeño rostro con hendiduras separado por varios centímetros de su cuerpo. El vestido azul roto mostraba abolladuras en su estructura de porcelana. Ahí quedó acostada eternamente. Siempre sonriente y con la mirada fija hacía el único recuerdo que nos quedaba de la abuela: la mecedora de Haití.
RFC
miércoles, 28 de marzo de 2012
Vísceras II

Cuando era pequeño no decía groserías. Me gusta escribir pero nunca sé sobre qué. No me llevo bien con los niños y ellos no se llevan bien conmigo. Jamás he probado un vaso de leche. Roma es la mejor ciudad en la que he estado. Siempre he querido tener un mono y llamarlo Ramón. La poesía es tan aburrida como Coldplay. Me cuesta apreciar las películas francesas. Hace un año escribí mi primer libro y no he logrado publicarlo. Ahora escribo una novela. Hace años que no tengo una novia, creo que dejé de creer en eso. Tuve un programa de radio y hasta el día de hoy creo que es el mejor que se ha hecho en el país. En diciembre hice mi primer cortometraje. Aún no me gustan las cucarachas. Mis amigos se están yendo del país. Cada vez que me monto en el carro tengo miedo de que me maten. Me gusta leer sólo lo que yo escojo. Soy comprador compulsivo. Bebo sangría de vino blanco. Antes de consumir Tafil vomitaba en los aviones con trayectos de más de cuatro horas. En mayo estreno mi primera obra de teatro profesional. Me gustan todas las películas de Tim Burton y Tarantino. Me fastidio en la mayoría de las conversaciones. Me despidieron de una página de noticias y de una emisora de radio, de la primera porque no había dinero, de la segunda por no hacer caso a las ordenes del dueño. En tercer año de mi carrera estuve a punto de renunciar y dedicarme a la medicina. No me gusta perder una discusión. Todos los hamsters que tuve se murieron. Una vez conocí el infierno, aquí lo llaman ‘el llano’. Descargo soundtracks de películas. Compré un gato japonés de la suerte en una venta de corotos. Mis cepillos de diente duran menos de un mes. No me gustan las matemáticas ni las religiones. Soy de pocos amigos y la gente no me cae bien a primera vista. Siempre he querido planear mi funeral ficticio. Nunca he lanzado un fuego artificial. Tengo converses de todos los colores y ya no los uso. Prefiero hablar antes que bailar. Ya no sé que poner en Twitter. Estoy enamorado de Emma Roberts y Avril Lavigne. Sólo he ganado un juego de Bingo una vez. Cuando entro a un casino es difícil que salga. Tengo más de cinco años sin hacerme un examen de sangre. Las modelos me parecen bobas, pocas me han demostrado lo contrario. En el colegio comulgaba cuando tenía hambre. Prefiero el ron antes que el whisky. No odio a Arjona como todo el mundo. Mi segundo nombre proviene de un hermano que nunca conocí. Me baño con agua caliente. La hamburguesa la pido sin vegetales. No me gustan las cosas que son inhaladas. Acostumbro a no atender el teléfono y llegar tarde. No creo en jefes ni oficinas. Siempre he querido ver un fantasma y creo haber visto un gnomo una vez. Hay mañanas en que me levanto sin saber quien soy.
domingo, 18 de marzo de 2012
El ascensor varado

De todos los intentos que hacía el ingeniero del piso ocho para que la mujer que estaba a su lado se volteara aunque fuera sólo a verlo, ninguno funcionaba. Recordó haberla visto al llegar a la puerta del ascensor. Ella esperaba con cartera roja en mano. Roja como esas de piel de culebra. No es original, pensó. Por lo visto ningún animal salió herido para la fabricación de la prenda.
Se puso a su lado. No presionó el botón, porque ella ya lo había hecho. Siempre le habían molestado aquellas personas que, en su desespero, comienzan a pulsarlo y pulsarlo como si eso fuese a hacer que el ascensor llegara más rápido. La vio. Era espectacular a sus ojos. No recordaba haberse encontrado con ella antes. O era una nueva inquilina o estaba de visita.
Al ingeniero no se le daba con facilidad eso de conocer gente entablando una conversación de repente. Menos a la espera de un ascensor. Podía preguntarle por la hora, pero caería en un cliché tan abusado que en seguida, la mujer de la cartera de culebra roja, le voltearía la cara con un gesto de indiferencia plena. Hablar del clima que hacía fuera, era aún peor. Y tampoco es que su vida fuera interesante para contar un anécdota y captar su atención. El humor también estaba descartado. Era un pobre infeliz. Un pobre ingeniero infeliz, de eso se dio cuenta. Aunque ya lo sabía.
Las puertas de metal se abrieron y el espacio estaba vacío. Los únicos tripulantes de aquel cuarto, que sube y baja, serían ellos dos. Ella entró primero, él después. Ella marcó el número ocho, él dijo casi susurrando que compartían el mismo piso. Ella sonrió levemente. El ingeniero nunca había visto una sonrisa así, se quedó perplejo ante tanta belleza. Las puertas se cerraron y el ascensor comenzó a moverse hacia arriba.
Podía mirarla, estaba ubicado un poco más atrás, recostado a la pared del fondo. Ella veía hacia el frente, con su cartera roja de culebra guindada del brazo izquierdo. Las mil y un maneras que se le ocurrían al ingeniero para decirle algo, fueron interrumpidas por un brusco movimiento que el ascensor dio. Tras el pequeño temblor, se detuvo en seco y dejó de trasladarse hacia arriba. Tampoco hacia abajo. Ella volteó. Mostró un rostro dubitativo pero indiferente. El ingeniero entendió que era su momento para hablar, decirle algo, conocerla, enamorarla, llevarla a la cama y casarse.
Se quejó del problema. Fue lo primero que logró hacer. Ella volteó, asintió y frunció el ceño en señal de aceptación. Luego le señaló el botón de la alarma, y le dijo que lo presionara. La mujer obedeció, y por un largo rato lo dejó oprimido. Más de lo necesario. El sonido le aturdió.
Le preguntó si era nueva en el edificio. Se arriesgó. Le dijo que llevaba más de cinco años viviendo ahí y que jamás la había visto. Ella volteó nuevamente y volvió a hacer un gesto de queja con el rostro. Qué descaro el de esta mujer, pensó el ingeniero. Amablemente le había preguntado y ella ni una palabra le contestó. Vaya mala educación tiene la gente hoy en día, se dijo para sí mismo.
Para mejorar las cosas, se animó a decirle que le agradaba la cartera roja de culebra. Tras esto, la mujer la abrió y sacó un teléfono. Lo levantó en busca de señal. No había. El ingeniero estaba pasmado. La ira le comenzó a invadir. Nunca había tenido mucha suerte con el género opuesto, pero la indiferencia y el trato que la mujer le daba le sacaba de quicio. Una persona que lo tratara como si no estuviera no merecía poseer esa clase de belleza. La condenó y la insultó en su mente.
El ascensor estaba varado con él y una mujer dentro. La situación no podía ser más perfecta, pero ella ni se inmutaba. La maldijo. Luego se maldijo a sí mismo.
No aguantó. En voz alta comenzó a decirle que era una maleducada. Le amenazó diciendo que si pasaban horas encerrados, él no la ayudaría en absolutamente nada. Se victimizó demostrando que sólo quería compartir un rato y entablar una conversación mientras reparaban el ascensor. La acusó de arpía, de ególatra, de creerse lo que no es por tener belleza. Se imaginó ahorcándola. Lanzándola contra las paredes y halándole el cabello para aplastarle la cara contra el suelo. La catalogó de asesina de animales por llevar piel de culebra entre sus brazos. Le gritó. La insultó. Volvió a amenazarla. Se imaginó como la violaba mientras lloraba. Quiso arrebatarle la cartera y vaciarla. La mujer, seguía viendo hacia el frente, sin querer voltear. Estaba postrada tal como si él no estuviera presente. Era tanta la furia, que un instinto asesino surgió en el ingeniero. Alzó el brazo para golpearla, se le acercó y en el preciso momento en que fue a darle un golpe en la nuca, el ascensor reanudó su marcha.
El ingeniero se detuvo en el acto y bajó el brazo. La mujer volteó nuevamente y subiendo las cejas negó con la cabeza. El resto del camino lo pasaron en silencio. Nadie dijo nada.
La pantalla del ascensor marcó el número ocho. Las puertas se abrieron y fuera, esperando, estaba la vecina del apartamento tres. La mujer de la cartera roja de culebra salió primero, abrazó a la vecina y luego comenzó a hablarle con lengua de gestos, moviendo sus manos. El ingeniero dejó el ascensor y en seguida, la del apartamento tres le saludó y le presentó a su hermana. Ella le estrechó el brazo y luego le hizo señas. Hola, mucho gusto, le tradujo la vecina.
RFC






