martes, 31 de julio de 2012

El Aposento


Mi amigo Antonio alguna vez me había contado sobre aquel lugar: El Aposento.
Una tarde, entre esos ajetreos y tráficos citadinos, y ante la imposibilidad de llegar a mi casa a una hora adecuada, me desvié hacia la dirección que Antonio me había dado días atrás en aquel matrimonio mediocre de los gordos que tenían su futuro contado.
– Es un sitio clandestino. Después de que pasas el edificio ese Sumun en Las Mercedes, cuentas cuatro y ese es – me dijo con exaltación. – No tiene nombre, es como beige con blanco. Olvídate de cualquier puticlub que hayas ido antes. Esto no es Trio ni el Angelus. Con esto se te va a caer la cara. Entras, subes al último piso y tocas el timbre de la puerta roja dos veces con un intervalo de tres segundos.
– ¿A dónde coño me estás mandando? – le reproché con cierta indiferencia.
– Hazme caso.
La cola en Las Mercedes también estaba trancada. Maldita ciudad llena de semáforos, pensé. Para llegar al edificio Sumun tenía que dar toda la vuelta y caer en la principal de alguna manera por lo que preferí estacionarme en el Farmatodo y caminar. Al bajarme del carro entré a la farmacia aparentando ser cliente para evitar los reclamos del vigilante de turno por usar el espacio como estacionamiento de la ciudad. Al ver la poca cantidad de gente en el lugar, aproveché para comprar una bolsa de platanitos y comerla en la caminata.
No todo el mundo lo conoce, pero yo te lo digo a ti porque eres mi pana. Después de tocar el timbre dos veces, te van a hablar por una rendija que está en la puerta. Tú sólo tienes que decir Aposento, Antonio Reguera, para que sepan que estás invitado por mí, y te abren.
Entre corneteos, perrocalenteros y mendigos, atravesé Las Mercedes hasta llegar a la esquina donde está el edificio Sumun. Lo bordeé y comencé a contar los siguientes hasta llegar al cuarto, beige con blanco y sin nombre. Subí por un ascensor antiguo y desvencijado hasta llegar al último piso. Al salir, lo primero que vi fue la puerta roja. Con cierto nerviosismo toqué el timbre una vez. Tres segundos. Otra vez. 
– ¿Diga? –, sonó la voz de una señora, anciana y con lentes de pasta a mi parecer.
Aposento, Antonio Reguera.
Pasó un minuto aproximadamente donde el silencio reinó el lugar hasta que la puerta automáticamente se abrió. Al entrar me encontré con un largo pasillo anaranjado que cansaba la vista. Lo recorrí con lentitud hasta que llegué a una sala antigua pero lujosa. Las paredes eran marrones y a los lados habían sofás de cuero negro. Una gran lámpara con forma de araña iluminaba tenuemente el lugar. En una esquina se mostraba la señora detrás de un escritorio, en efecto, anciana con lentes de pasta.
– Por aquí, señor –, me dijo seriamente mientras me hacía un gesto con sus dedos.
Me acerqué a ella.
– Antonio Reguera, dice usted.
– Así es –, contesté confuso ante la seriedad que mostraba el personaje.
– Su nombre, por favor.
– Martín Negro.
– Es usted muy blanco para ese apellido, señor Negro –, dijo la anciana con cierta sonrisa disimulada en sus labios.   
No emití opinión. No sabía si debía hacer un comentario racista o simplemente sonreír.
– Debo sospechar que no tiene mucha idea de cómo funciona este sitio, Sr. Negro –, rompió el silencio la de los lentes de pasta.
– En efecto.
– Siéntese en aquel sofá y presione el botón menú en la mesa que está a su lado. Decida lo que va a pedir y vuelva aquí para hacer el pago correspondiente –, señaló hacia el lado izquierdo de la sala.
Caminé hacia el sofá, me senté sin entender mucho el asunto. El sitio se veía extremadamente costoso. La mesa se trataba de una especie de tablet con un gran botón rojo donde ponía menú. Lo presioné y comenzaron a salir una serie de fotografías con distintas mujeres, cada una más espectacular que la otra. Escogí a una mujer de unos 26 años, cabello negro, y cuerpo delgado. Katrina. Al presionar su nombre, aparecieron una serie de opciones donde debía escoger que hacer con ella una vez que estuviésemos a solas.
·      Una hora de charla sobre Charles Bukoswki 350 bs.
·      Hora y media de charla sobre el apartheid sudafricano 400 bs.
·      Media hora de insultos de clase 250 bs.
·      Dos horas de romanticismo francés 400 bs.
·      Dos horas de renacimiento 450 bs.
·      Desmontaje de Cervantes y Don Quijote (Sin límite) 700 bs.
·      Hora y media de discusión sobre Sartre y Kant 370 bs.
·      Experiencia 1000 bs.
Tenía ganas de discutir sobre Sartre y escoger la penúltima opción, pero una curiosidad extrema me llevó a querer saber que había detrás de la experiencia. Sin pensar dos veces el costo, presioné la opción. A su vez salieron otras cinco:
·      China.
·      Francia.
·      Inglaterra.
·      España.
·      Estados Unidos.
Hace poco había visitado París por lo que presioné la opción de Francia. En ese instante apareció un mensaje indicándome que me dirigiera hacia el escritorio de la anciana.
– Buena elección, Sr. Negro. Es usted afortunado para disfrutar de semejante experiencia, y recuerde, para nuestros clientes más asiduos esa experiencia se puede volver personal doblando el costo de la misma. Su tarjeta, por favor.
Le entregué la tarjeta de crédito y la anciana, con una calma envidiable realizó el trámite sin problema alguno. Una vez firmado el recibo, una puerta a la derecha se abrió y apareció Katrina. Era una mujer espectacular, tal como la que aparecía en la foto. Se presentó, me cogió del brazo y me llevó a través de la puerta. Pasamos nuevamente por un estrecho pasillo anaranjado hasta llegar a una habitación asignada como la 266.
El lugar estaba decorado como una mazmorra. En el centro se encontraba una vieja guillotina y al frente una silla. Katrina me sentó.
– Disfruta el viaje, querido –, me dijo con una voz sexual.
Se fue hacia una esquina de la habitación donde se veía la sombra de una mesa. Se desvistió. Ante mí se postró y pude divisar una de las mejores figuras femeninas que había visto a lo largo de mi vida. Acto seguido tomó una capucha negra y fue hasta la guillotina. Se arrodilló frente a ella. Se colocó en su cabeza la capucha negra.
– Aquí es cuando tú disfrutas –, dijo de una manera que no supe diferenciar si buscaba ayuda o esperaba con ansias su actuación.
Katrina haló una cuerda que caía a uno de los lados del aparato asesino y la cuchilla de acero cayó desde lo alto separando la cabeza, con la capucha, de su cuerpo. Esta llegó hasta mis pies. De un salto me levanté de la silla y en cuestión de segundos una puerta se abrió. Encima del marco un letrero, en letras rojas, ponía La experiencia ha terminado. Salida. Atravesé el portal que me llevó a unas escaleras. Al bajarlas me encontraba de nuevo en la calle. En Las Mercedes. A cuatro del edificio Sumun.

(Homenaje a Woody Allen)
RFC

martes, 17 de julio de 2012

El señor bigotudo barriendo va riendo. (Parte 1)


Aquel 29 de abril de hace quince años mis padres llegaron de sorpresa con un regalo. Era mi cumpleaños y quería celebrarlo en el parque del caballo blanco. Al abrirlo, me sobresalté, estaba tan increíble que se lo expresé a mis padres: << Ma, Pa, ¡mundial! el mapa mundial.>>.
Mi tía, aquella odontóloga que perdió la licencia por negligencia, tras haber colocado un colmillo de gato por equivocación a un viejo beato, decidió dejar atrás su pasado y se fue a Londres. Por dos años estuvo saliendo con un tipo que vestía todos los días un traje oro sado o rosado.
El día que presenté la tesis universitaria, Toria y yo estábamos nerviosos ante el jurado extenso. La directora llevaba un traje de jirafa que la hacía ver aún más obesa de lo que era ya en tiempos de pereza. Al finalizar la exposición, la conclusión queda confusa, pero antes de que nos coloquen la nota, la aclara Toria en su aclaratoria. 
La gente de la urbanización, por allá en 2006, se reunían a ver todas las noches un árbol con la imagen del rostro de Tin Tin que botaba lágrimas de aserrín. En ese entonces yo estaba en Katmandú en una competencia de relajación. El día que volví fui emocionado a ver la aparición de la caricatura, pero al llegar me di cuenta que el alcalde loquito lo quitó.
A mi primo no le gustaba ir al colegio, cada vez que su madre lo dejaba en las mañanas, el gordo de la clase lo molestaba porque tenía un lunar en el cabello de color rojo caramelo. Le decían el acaramelado y el se ponía morado de la rabia. Un día, obstinado del trato de sus compañeros, se le acercó al gordo y le soltó un derechazo de rechazo.
A la vecina Luz María la llevaron a un show de comedia para curarla de la enfermedad que el doctor diagnosticó como “amargue desencadenado a raíz del incidente de las Torres Gemelas”. La idea era que se riera en medio del humor que el espectáculo ofrecía. El animador, al ver que Luz María no emitía sentimiento alguno le dijo << Señora, no se aburra, no sea burra>>.
El señor Nes, el pastelero de la esquina, pasa sus ratos de ocio buscando letras del abecedario en distintas formas. Ha encontrado varias N y S en los pasteles de chocolate y W en los de hojaldre. Un día, su hijo que se fue a vivir a Eslovaquia, lo invitó a conocer la ciudad de Bratislava. Para llegar a su destino tuvo que tomar varios vuelos y observando las nubes, desde los aviones A vio Nes.
La madre de Gim, cuando estaba embarazada se obsesionó por su figura. No podía verse regordeta frente al espejo. Acudió a terapias psicológicas, de barro, de acupuntura y de adivinación. Nada le servía hasta que a un gimnasio acudió. Pasó seis de los nueve meses del embarazo haciendo ejercicios todas las horas del día, hasta que una mañana, en el gimnasio Gim nació.
A Gonoff no le gusta comer mucho. Le gustan los platos pequeños. Siempre come una mini pasta, una mini empanada, un mini pastel. Un día cualquiera de primavera, el presidente de turno lo nombró ministro de Hacienda. Su esposa, en honor al nombramiento decidió celebrar un mini banquete. En la cena le dio a los amigos del Ministro Gonoff mini strogonoff.
A Carlos lo despidieron del trabajo hace siete meses, y al no tener nada que hacer decidió caer en el alcoholismo. Su mujer una noche, mientras él se encontraba en el bar, decidió desaparecer todo rastro de alcohol en la casa. Cuando Carlos llegó, revisó en cada rincón y nada consiguió. << ¿Dónde está la botella?>> gritó, a lo que su esposa contestó << ¿La botella? la bote ya>>.
<< Sabes que en Miraflores todas las noches llevan prostitutas a un salón que tiene un cuadro de Bolívar>>, me dijo Eugenio. << ¿En serio?>>, le pregunté. << En serio, que te lo digo yo que tengo gente infiltrada, y si quieres ir, tan sólo te pones un traje militar que te puedo conseguir y concha ves con Chávez>>.
Nina trabaja en una ONG que se encarga de preservar la vida de distintas especies animales. Una vez luchó contra los cazadores de ballenas, contra los que degollaban al pájaro Dodo, contra aquellos que vendían las pieles del monstruo del Lago Ness y contra los que hacían collares con cerebros de alacranes. Nina ahora se encuentra en el más difícil de sus trabajos y es por eso que esta mañana el cuento de Re la tonina, relató Nina.
RFC

jueves, 12 de julio de 2012

Bocetos







<< Nunca te olvides de mí>>, le dije mientras hacía la cola para montarme en el avión. Ese día partía a Madrid a buscar un nuevo rumbo, un futuro incierto lejos de todo aquel pasado que había formado mi vida. En cuestión de segundos todo se reveló en mi cabeza, las experiencias en el antro, en Playa Grande, aquel viaje a la Toscana, todas las noches que pasamos en el refugio, donde los dos perdimos la virginidad sin querer buscarlo. << Jamás creas que puedo olvidarme de ti>>. << Dime que me quede – le dije buscando excusas –. Déjalo, a todo renunciaría por ti>>. Puso sus brazos alrededor de mi cuello y me besó. Nuestros labios se rozaron, y lo sentí como una punzada, un juego de dados amenazando con un pasado latente imposible de superar. << No Gus, sabes que no puedo>>.<< Vente conmigo, estás a tiempo de mandar todo a la mierda. Vámonos juntos>>, le dije con un último aliento, el último hilo de esperanza para llevármela y conservarla para siempre. << Lo nuestro ya pasó y no sirvió. Quedémonos con lo que fue, con los momentos que nos hicieron felices>>. Otra punzada, ¡maldita sea la vida!, pensé.
Nací en un hogar deficiente. Mis papás nunca estuvieron presentes. Cada uno por su cuenta, separados a los dos años de haber llegado yo a este desastre, se peleaban por ver a quién le tocaba no cuidarme. Era el estorbo en sus vidas ajenas al entorno familiar. Yo era la mascota caduca que necesitaban alimentar en las noches antes de dormir. Mi verdadera madre fue Tomasa Contreras, una especie de Nana que paseaba entre las casas de mis padres biológicos, y heroína complementaria de mi soledad. Inexplicablemente ella fue quien me amamantó. Sus pechos fueron mi alimento durante meses, y hasta el día de hoy no se le conoce ningún hijo.
<< Lore, no te cases>>, le dije aguantando mi partida. Sabía que de montarme en ese avión se acabarían años de historia. Esa huida a Madrid representaba mi derrota, la aceptación de que nunca lo logré.
(ESTO DEBERÍA HABER SEGUIDO, PERO POR RAZONES AJENAS NO CONTINUÓ. QUEDARÁ EN LOS ARCHIVOS DE ALGO QUE QUIZÁ PUEDA SER, O ALGO QUE QUIZÁ NUNCA FUE)  
RFC

martes, 3 de julio de 2012

Me han botado de todos los trabajos (Parte 1)

Transcurría el año 2005, entre esas crisis emocionales – término que jamás me ha gustado utilizar por tratarse más de una época (por la que todos alguna vez pasamos o vivimos hasta morir) donde no nos hallamos –, que comencé a estudiar la posibilidad inmediata de dejar la carrera que estaba cursando.
Al verme atrapado en materias que en ningún momento tuvieron sentido para mí, más que ese afán de ir creándome un criterio, lograron llevarme al extremo de reinventarme y dar con la medicina que tanto llamó a mi familia, pero que hasta ese entonces no había logrado ningún eco en mi sentir.
Eso de pasar de ser comunicador social a ser doctor, tenga sentido o no, es lo que resonaba en mi cabeza por esos tiempos. La universidad donde llevaba a cabo mis estudios de alguna manera coartaba mi libertad de expresión entre ideales religiosos, censuras a trabajos audiovisuales y selecciones teóricas de autores a conveniencia.
Una mañana, entre pensar y pensar, conseguí la solución al problema: tenía que conseguir un trabajo y vivir lo que estaba haciendo en el mundo práctico. Eso me llevó directo a una pequeña emisora de radio ubicada en el C.C.C.T, que transmitía únicamente por Internet, según ellos en Caracas, Bogotá, Panamá y Miami. Nunca entendí la selección de ciudades porque al estar en la web se hacía global. Tuve la oportunidad de entender como se organizaba un guión de radio más allá de las técnicas arcaicas que me enseñaban en los salones. Conocí gente interesante en las entrevistas que realizábamos, otras no tanto, y para ese entonces, aquel sueño fugaz de sanar a la gente se desvaneció.
Meses después logré tener mi primer programa propio en esa misma emisora. Esta Es La Premisa, fue el nombre que conseguí un día cualquiera. Nunca he sido bueno con los nombres. Este show duraba una hora los lunes a las 7:30 de la noche. Yo lo conducía mientras invitaba a distintos amigos a discutir cualquier cosa. Lo interesante es que no se trataba de nada: divagaciones, críticas, opiniones. Una conversación de cuatro personas y una cantidad de oyentes que vía Internet también podían opinar. 
Al cuarto programa, los directivos de la radio comenzaron a inquietarse por los temas cualesquiera que se hablaban, unido a la irreverencia y la critica. Comenzó la censura y algo que me molesta desde que tengo uso de razón es que me impongan lo que tengo que decir. En aquel entonces, mi respuesta era hacer caso omiso y hablar de política cuando me lo impedían. La cancelación era inminente. El programa salió del aire a los dos meses y me dieron uno nuevo llamado En Vivo, donde debía colocar música proveniente de conciertos grabados mientras daba noticias referentes a los artistas que sonaban. Jamás di una noticia sobre los artistas que sonaban, y la política y los temas cotidianos fueron los protagonistas. Los jingles y entradas que sonaban eran grabadas con discursos presidenciales, etc, etc.
El programa fue tomando rating, los números no mentían. Los directivos estaban felices creyendo que un programa de noticias musicales acaparaba la atención nocturna. A los meses llegó una nueva norma: al principio y al final de cada programa debía nombrar la lista de los nombres de todos los que tenían cargos importantes dentro de la emisora. Me rehusé, no soy de los que endiosa a nadie. La queja por parte de los de arriba no tardó en llegar y la amenaza de que si no cumplía le daban el programa a otro.
Cumplí. Decidí hacerlo grabado y no en vivo para usar el efecto de voz rápida en el momento de dar los nombres que me obligaban dar.
“Director de Producción: vrvrewvrvrvrever”
“Asistente de cualquier cosa: vrevervrrevrevr”
Al tercer lunes de cumplir con la amenaza, el programa salió del aire. Me citaron en el cuarto de reuniones y con la excusa de que harían cambio de programación, me dejaron con los audífonos en la calle. Bueno, pasillo en este caso. Ese fue mi primer despido.
RFC

miércoles, 27 de junio de 2012

Y yo odio desde abajo


Te odio a ti y tu estúpida camisa azul. Odio a los sabelotodo y a los que buscan teorías conspirativas a cualquier cosa que escuchan en el noticiero. A la política barata, a los shows de gente con talento, a los que se censuran para caer bien. Odios a los que viven riendo todo el día y a los que lloran ante cualquier idiotez. Odios los funerales porque no hay nada que decir y nadie nos quiere ahí. Odio las normas bobas que tienen en las casas y la celebración de los novios de hacer fiesta en cada mes. Odio el que cata el vino sin saber su nombre. Odio al que se mete en la vida de los demás y al que jode al otro simplemente por ser más fracasado.
Odio a los que son maltratados en los colegios porque se dejan y a los que maltratan por si quiera pensarlo. Odio a los corruptos y a los metódicos. A los profesores que caen en la búsqueda de autoridad antes de la enseñanza. Odio al que dice ‘wazaaa’ y al que reza en las mañanas. Odio atender el teléfono de mi casa y hablar por más de dos minutos con el aparato pegado a mi oreja. Odio a una mujer diciendo ‘marica’ y a los imbéciles que te dicen como debes vestirte y actuar. Odio al que le pone horarios a las bebidas y a los ignorantes que no leen. Odio los que repiten los diálogos cuando ven las películas y los que hablan en el cine.
Odio cuando escriben mal, odio a los chismosos, a los religiosos, a los fanáticos, a los que no son objetivos cuando tienen que serlo, a los políticos de casi todos los países, a las mujeres que quieren casarse con un adinerado para no hacer más nunca nada, a los que cambiaron el cerebro por músculos o tetas. A los que se creen más sin serlo. A los que no discuten, a los que no tienen criterio, a los que critican a los que critican y viven bajo ese mundo imaginario y moralista pendejo creyendo que son buenos y hacen el mal. A los que van a la iglesia y se dan golpes de pecho para después ir a joder al primero que ven. A los que se estacionan en dos puestos, los que se colean, los que no respetan. Odio a los que van en moto e insultan a quienes cumplen la ley.
Odio a los que citan la biblia y prometen un paraíso después de la muerte. Odio al que se preocupa por todo y jode. Si no me interesan los niños de África es mi problema, entonces no jodas. Odio al marginal y al que se hace pasar por marginal. Odio cuando abrevian palabras para ser más prácticos. Odio a los que ondean banderas en los desfiles, a los que se quejan de la piratería. Odio que ya todo está visto, odio a los homofóbicos y los que andan con la idiotez de que la gente tiene que cumplir un orden natural. Claro que pueden adoptar si les da la gana. Odio al que habla contra el aborto pero celebra el asesinato de los líderes del Medio Oriente. Odio a los jefes inhumanos que no tienen consideración con sus empleados, odio las oficinas, el protocolo, el desinterés, el teléfono en la conversación, esperar por comer, el ascensor repleto y los que se montan empujando.
Odio los programas de chisme sobre celebridades, las mujeres sin cerebro en la televisión sólo están para desnudarse no para opinar, odio discutir con alguien cuando no está a la altura, los que se dicen secretos frente a los demás. Odio a los amigos que traicionan, a los familiares que hablan mal de sus familiares para después estar pidiendo cosas. Odio a los que gritan y tocan corneta, los que tratan mal a los mesoneros, los que ensucian para que otro lo limpie. Odio a los responsables que nunca se salen de la rutina, a los miedosos, a los ultra correctos, a los ordenados.
Y a veces, sólo a veces, me odio a mí. 
RFC

martes, 12 de junio de 2012

Mal aliento



Pensar que esa noche iba a lograr llevar a la cama a su novia de cinco meses hizo feliz a Eustacio. Tenía tiempo buscando la manera de convencerla, a través de manipulaciones, charlas sexuales y alguna que otra pasada de mano en el cine mientras los protagonistas representaban una escena carnal. No fue hasta dos días atrás que Anastacia, antes de bajarse del carro frente a su casa, con unos tragos encima después de una fiesta, le dijo que el sábado estaría preparada para dar ese paso en la relación.
Anastacia era una niña de su casa con una moral acentuada propia de la enseñanza católica y protocolar que sus padres le expresaron desde que nació. La curiosidad en cuanto al sexo actuaba en ella como una molestia que debía quitarse de una vez por todas, pero hasta ese entonces no se había atrevido a aceptarle a Eustacio, que había sido el único hombre en comprender su angustia, que la llevara a la cama. Nadie nunca espero que estuviese preparada. Todos sus antiguas parejas la dejaban al primer momento de su negativa. Pero él se lo había ganado y sus deseos de probar aquel acto que tanto le llamaba la atención, la llevaron a aceptarlo.
Esa mañana, Eustacio reservó la habitación de un hotel cerca de la casa de Anastacia. Compro rosas y velas para decorar el lugar y hacer entrar a su novia en la confianza requerida para llevar a cabo todo sin inconvenientes ni arrepentimientos. La fue a buscar. Al dejar la puerta de su hogar atrás, vio como Anastacia salía con un vestido morado que no conocía. Un escote dejaba entre ver lo que escondía aquella tela. Dos curvas que habían estado prohibidas para él más allá del tacto se mostraban en ese instante como un paraíso a punto de ser descubierto y conquistado. Su cabello negro se desbordaba sobre sus hombros y daban cierto movimiento a medida que unas piernas desnudas daban los pasos para acercarse al carro. Era una diosa a punto de dejar su niñez en el pasado.
Frases toscas y nervios de lado y lado inundaron el trayecto hacía el lugar donde todo habría de ocurrir. Música escogida para la ocasión. Ciertas risas incómodas. Silencios que daban paso a la imaginación.
Llegaron al hotel y fueron directo a la habitación. Al entrar, Anastacia suspiró al ver el decorado que Eustacio había hecho para ella. Pétalos de rosas regados por el suelo y la cama, y una decena de velas iluminaban el espacio. El plato estaba servido, era el momento para entregársele. Él la abrazó y comenzó a besarle el cuello suavemente. Ella se dejó llevar y desvió su mirada hacia el techo. Los nervios le inundaban el cuerpo pero sabía que no podía echarse para atrás. No había cabida ni siquiera para una conversación previa. Del cuello, pasó a sus hombros mientras buscaba relajarse con las caricias que recibía. Anastacia bajó su rostro y buscó la boca de Eustacio con la suya. Lo que comenzó con un roce de labios pasó a ser un rasgueo placentero y rítmico de lenguas. Estaba más tranquila. Sintió las manos de su novio que comenzaban a bajar las tiras del vestido por sus brazos. Nadie la había visto desnuda nunca, pero a estas alturas ya deseaba mostrarse ante él.
Eustacio bajó la tela morada que cubría los senos de Anastacia hasta exponerlos, mientras admiraba la simetría que expresaban. Observó por un largo instante aquellos pezones rosados que comenzaban a endurecerse. Los sobó, los saboreó con tanta pasividad que sentía que estaba frente a una degustación gastronómica. Siguió bajando el vestido hasta dar con unas pantaletas un tanto más grandes de lo que acostumbraba a ver. Continuó besándola y acariciándola para calmarla, ella le respondía de la misma manera mientras le quitaba la camisa. Eustacio no aguantó y lentamente fue descubriendo su vagina. Se encontró con una mata de pelo, un alambrado negro que cubría absolutamente todo. La acostó en la cama y se terminó de quitar la ropa. Acercó suavemente su rostro sobre el vientre de Anastacia y comenzó a besar toda la zona mientras bajaba poco a poco su cabeza hasta llegar a la selva que nacía en su entrepierna. Ahí se detuvo y sintió un fuerte hedor que provenía de esa zona. Ya había llegado hasta ahí y no era momento de detenerse, por lo que continuó besándola hasta introducir su lengua en el orificio buscando el clítoris. No era tarea fácil esquivar todos los vellos que se mostraban como protectores y guardianes de esa parte prohibida a la que nunca había tenido acceso. El olor excesivo continuaba mientras sentía la textura de varios pelos que se quedaban adheridos a su lengua. Siguió investigando con su músculo bucal hasta que su propio cuerpo le regaló una tos al atragantarse con uno de los alambres protectores. Luego de eso llegó una arcada. Otra. No quería detenerse pero por instinto desesperado se levantó y por escasos segundos llegó al baño y descargó su malestar con un vomito ensordecedor. La noche esperada había culminado antes de comenzar.
Anastacia comenzó a llorar y exigió que la llevaran inmediatamente a su casa. Los dos se vistieron y el camino fue protagonizado con un eterno silencio.
Al dejarla en su casa, Eustacio comenzó a notar que dentro de su boca sentía todavía cierta cantidad de pelos. Se sacó uno. Dos. Cinco. Pero aún los sentía. Cada vez que abría para acabar con ellos, notaba que el hedor vaginal de Anastacia rondaba en su aliento. Al llegar a su casa, fue directo a cepillarse los dientes, y tras el acto notó que ya no había rastro de ningún alambre negro protector. Pero el olor seguía. Usó enjuague bucal, y nada. Se acostó para olvidar aquella experiencia putrefacta que había vivido y al día siguiente hablaría con su novia.
Despertó esa mañana y el hedor permanecía adherido a su boca. Se levantó y se cepilló los dientes, usó hilo y enjuague bucal. Nada. El olor seguía impregnado a él. Se dirigió a la cocina y se preparó un sándwich con mucha salsa para acabar con ese mal sabor, pero su sorpresa fue cuando al comenzar a comer, notó que cada vez que se llevaba un pedazo de pan a la boca, le sabía al hedor vaginal de Anastacia. Con cierta desesperación abrió la nevera y comenzó a probar todo lo que estaba a su alcance: desde carne fría hasta queso y lechuga. Todo le sabía a aquella contaminación que albergaba la parte íntima de su novia. No había manera de reconocer otro sabor en su paladar.
Se fue a bañar para ir a la universidad. Decidió que continuaría con su vida y tras el paso de las horas, aquel olor iría desapareciendo.
En medio de la clase, el compañero que se sentaba a su lado comenzó a hacer gestos de querer reconocer un olor que sentía, mientras arrugaba su rostro con cierto desagrado. <¿A qué huele?>, preguntó. La gente se fue sumando a la investigación de la procedencia de aquel olor que estaba impregnando el salón. Decidió que no podía emitir opinión, porque en caso de abrir su boca, los demás notarían el origen del hedor. Poco a poco se levantó de su asiento y fue retirándose del lugar. Huyó con desesperación de la universidad y se dirigió a una farmacia. Compró distintos tipos de enjuagues bucales y pastas de dientes, latas de atún y tosticos de ajo. Mientras pagaba, el cajero notó que de él provenía un olor nauseabundo, y disimuladamente se echó hacia atrás para evitar sentirlo más de lo que ya se sentía. Eustacio lo notó.
Al llegar a su casa, comió desesperadamente la comida que compró buscando que el sabor fuerte eliminara por completo el hedor que salía de su boca. Nada le sabía. Se lavó los dientes repetidas veces y gastó tres potes de enjuague. La putrefacción continuaba. Introdujo su dedo índice dentro de la boca hasta provocarse el vomito, quizá de esa manera el olor saldría. Nada. En ese momento, Eustacio entendió que su lengua estaba infectada de putrefacción.
Tras el incidente en el hotel, Anastacia no había querido llamar a su novio por la vergüenza que le había hecho pasar al venirse en vomito luego de practicarle sexo oral. Había pasado dos días desde el incidente y ella no recibía señal alguna de Eustacio. Se armó de valor y lo llamó. No contestó. Pasó la tarde completa llamándolo repetidas veces sin éxito. A la mañana siguiente lo buscó en la universidad, pues pensó que ya era hora de encarar la situación y seguir adelante. No lo vio. Pasó el día llamándolo al teléfono de su casa y al celular sin respuesta alguna.
Esa noche, Anastacia decidió que era hora de darle una visita. Se fue hasta la casa de Eustacio y llamó a la puerta. No había nadie. Sabía que detrás del matero de león en una esquina de la entrada, él siempre dejaba una llave de repuesto. La cogió y entró. Al meterse en la casa de su novio, se encontró con el desastre. El suelo estaba repleto de botellas de alcohol y potes de enjuagues bucales vacíos, cepillos de dientes y pastas, salsas de todo tipo regadas por las paredes y muebles. En medio del pasillo consiguió un ratón muerto, a su parecer, una mordida fue la causa de su fallecimiento. El desastre continuaba hasta la cocina, donde se consiguió con una imagen que más nunca pudo olvidar. Eustacio estaba sentado en el suelo, recostado de la nevera con la boca abierta y desangrada. En su mano derecha sujetaba un cuchillo, y a su lado, lo que alguna vez fue su lengua.
Anastacia nunca entendió la muerte de Eustacio. Jamás imaginó que fue su vagina la que lo mató. Nunca más volvió a entregársele sexualmente a ningún hombre.
RFC

martes, 29 de mayo de 2012

La ciudad de la estadística



En esta ciudad con horario de encuartelamiento, aquel que busca pasear por las calles oscuras – con destino necesario o no –, participa en la contienda del azar de un juego en el que se entra pero nunca se sale. Aquí cada quien cumple su rol en horarios de sol sabiendo que es necesario tomar el riesgo y continuar la vida para traer el pan a la casa. La única que nunca deja de trabajar y hace tiempo que no toma vacaciones es la muerte, que acecha a cualquiera que se pare.
Porque en esta ciudad, el que se pare pierde.
– A la luz del día las cosas marchan con tranquilidad –dijo el anciano del 4to B, mientras se tomaba una copa de vino, tres días antes de presenciar a un motorizado descargando su .38 contra un taxista que se detuvo a reclamar por los daños a su retrovisor –, si uno se enconcha en la noche sobrevive a la inseguridad.
Aquellos que deambulan sin rumbo a altas horas son los que se esconden detrás del perico, el alcohol, las ratas, la marihuana y la piedra. Los demás huyen cuando no están bajo techo. En esta ciudad siempre alguien está persiguiendo. No se confía en nadie y se hace entender que se odia a todo el mundo.

Esa noche, mientras Arturo veía con su esposa una película en uno de los canales del cable, fue sorprendido por los constantes intentos de su hija para combatir el asma del que era víctima. Cada segundo que transcurría, a Clarita, la menor de dos, se le complicaba cada vez más respirar. Los esfuerzos de los dos padres de conseguir un inhalador terminaron al entender que el último se había acabado. La irresponsabilidad le estaba jugando una mala movida.
Arturo, desesperado al ver a su hija asfixiada, cogió un suéter y salió en una misión de emergencia.
– Cuídate allá afuera y no tardes –, le dijo su esposa al ver la hora en el pequeño reloj de la sala.

Arturo manejó con impaciencia. Sabía que los cuentos e historias que se colaban en cualquier reunión, ascensores, salas de espera y fiestas, eran reales. Cualquiera cae en la estadística sin buscarla, y más aún cuando se le reta. Esta ciudad es traicionera. La vida misma es traicionera.
Se estacionó con prisa en el Farmatodo más cercano. Al entrar, una mujer bien vestida, de unos treinta años, se le acercó preguntándole por una dirección alegando ser de Valencia. Arturo rápidamente, con miedo de llevarse una sorpresa al negar un favor, le explicó con algunos detalles.
– Gracias mi amor –, le dijo la dama tomando su brazo –, hoy en día son pocos los que en este país se preocupan por los demás.
– De nada, pero tengo prisa, mi hija está enferma –, le contestó Arturo con cierto disimulo para dejar la conversación hasta ahí y continuar en su misión.

Por su suerte no había nadie en el mostrador y no tuvo que pasar por la larga espera de los números que se publican en la pantalla negra. Lo atendieron al instante y pidió cinco combivent. Si me llevo cinco de una vez, no vuelvo a pasar por esta situación, pensó.
Pagó y salió con rapidez. El tiempo corre. Clarita no respira y la calle se pone peligrosa. Llegó al carro, saco las llaves y vio la silueta de la mujer agradecida frente a él. Arturo entendió que esa noche la suerte no estaba de su lado. Hacer favores no te salva.
– Yo sé que tú eres noble –, le dijo la dama con otro tipo de voz –, y tu hija está enferma. Pero yo también tengo que sobrevivir en estas cloacas.
– Quédate quieto y salimos de esta rápido –, le dijo la voz de un hombre que llegó a su espalda.
Arturo sintió algo duro a la altura de su cuello. Sabía que lo estaban apuntando y que la mujer no estaba sola. Clarita no respiraba y él no podía cumplir su rol de padre.
– Dame las llaves y el celular y no te pongas idiota que aquí mismo te mando a dormir –, dijo la voz masculina con cierta tranquilidad y experiencia en el asunto.
– No te lleves el carro, por favor. Mi hija está enferma y necesito llegar con su medicina –, intentó victimizarse dentro de la situación y jugárselas.
Negociar es asunto de valientes que no salen con vida. En esta ciudad, cuando el que tiene el poder (el arma en la mayoría de los casos) pide algo, no hay que pensar dos veces para entregarlo. El que juega a ser héroe termina en el asfalto. El que no, en muchos casos, también. Pero en otros, quedan de pie.
 – A mí no me interesa tu hija, por mí que se la lleve el diablo. Dame las putas llaves que no hay tiempo pa’ mariqueras –, contestó la voz masculina con grados de alteración.
 – Por favor, ne… –, intentó decir Arturo antes de recibir un golpe en el hombro con el arma que lo amenazaba.
 A esas alturas en que la situación está fuera de control y que la víctima pasa a depender del destino al que le tiene preparado la ciudad, es cuando las guardias bajan y viene la entrega. La dejadez. La impotencia transmitida en desolación absoluta. El bueno cae. El malo vence. Bienvenidos a Caracas.
 Arturo entregó las llaves sabiendo que quizá nunca llegaría a entregarle las medicinas a Clarita. Pensando que ya nada dependía de él en caso de incluso querer volverla a ver.
– Móntate, héroe marico, que yo mismo te llevo en mi carro nuevo para que salves a tu hija –. Dijo el nuevo dueño con una sonrisa en el rostro –. Eso sí, después me la pichas.


Camino a su casa, siendo llevado como quien pide la cola de emergencia, pensó que en la jungla todos los animales actúan para sobrevivir. Hay unos buenos, unos malos, y otros más malos. A él la cosa no le salió tan grave. Perdió el carro, pero la medicina llegó a tiempo para Clarita.

RFC 
 

miércoles, 11 de abril de 2012

La niña de zapatos rojos


Sabía que era mi última noche. Las pastillas para la esquizofrenia se habían acabado ese día. El timbre sonó a las tres de la madrugada. Estaba escribiendo, o al menos intentándolo. Agarré el vaso de whisky que acababa de servirme y me dirigí hacia la puerta. Al abrirla tuve que bajar la mirada, aquella visita nocturna no era más que una niña con zapatos rojos. Sin decir nada entró a la casa y fue directo a sentarse en el sofá desvencijado y quemado por cenizas de cigarrillo.

– Tu casa huele a mierda – me regañó.

Tenía tiempo sin recibir visitas, y menos a estas horas. Era una niña desconocida, bien vestida y con una perfecta articulación de las palabras. Estaba sentada esperando.

– ¿Y tú quién eres? – le pregunté tras el comentario denigrante hacia mi morada.

– Yo quiero ir a Berlín. Me dijeron que tú me podías llevar.

Jamás había estado en Berlín. Una vez estuve de paso por Dortmund, en la época en que la enfermedad no había llegado, y las pocas horas que pasé en la ciudad me sentí el ser más inútil del universo. Una cebra habría podido lograr más que yo en su estadía en esas tierras germánicas. No pude ni comer porque una mujer obesa encargada en un puesto de comida no logró entender las señas que yo le hacía para pedirle una salchicha. Al final me entregó una ensalada. No como ensalada. No como nada verde.

La niña subió sus pies a la mesa. Se acomodó. Me dio a entender que no se iría de mi casa hasta lograr su cometido. Me quedé viendo sus zapatos rojos. Algo había en ellos que me causaba atracción. Fui hacia el bar para servirme otro whisky.

– ¿Quieres uno? – le pregunté.

– No, tráeme una copa de vino.

– ¿Tinto o blanco? – le volví a preguntar.

– Tinto, y mejor trae la botella completa.

Fui hasta el bar agradeciendo que pidiera vino tinto porque esas botellas las tengo de adorno. Prefiero el blanco por eso de que el otro deja los labios morados. A la niña no le quedarían mal los labios morados, harían juego con sus zapatos.

Le entregué la copa y le serví el vino. Me senté al otro lado con el vaso en la mano. La niña se me quedó viendo.

– ¿Qué quieres hacer en Berlín? – dije rompiendo el silencio.

– Vivir – me contestó con seguridad.

– ¿Y aquí no vives?

– No, aquí huele igual de mierda que tu casa.

Quería lanzarle el vaso o botarla por repetir constantemente el tema del supuesto hedor de mi casa. Pero algo me lo impedía. La clase con que tomaba vino me hacía querer beberlo también.

– Hay sitios que no huelen a mierda, si caminas un poco verás que puedes llegar al olor de Berlín – le dije.

– No, no me gusta caminar aquí. Hay basura y las calles tienen grietas – me contestó la sabelotodo mientras sacaba una caja de cigarros – No te voy a preguntar si puedo fumar porque…

- …huele a mierda ya – terminé su frase con resignación.

Ella asintió.

– En Berlín no puedes fumar en sitios cerrados – le dije para ganarle una.

– Aquí tampoco – me respondió – ¿Quieres uno?

Alargué el brazo y cogí uno de sus cigarros. Ella sacó un encendedor y me lo prendió primero a mi, luego a ella.

– ¿Cómo llegaste hasta aquí? – pregunté confundido.

– Esta tarde paseaba por la calle con Holli y te vi asomado en la ventana, supuse que eras un anciano solitario y sin vida: el candidato perfecto para llevarme a Berlín.

– ¿No dijiste que te dijeron que yo era quien podía lle…?

– No, eso lo inventé – me dijo mientras apagaba su cigarro en el cenicero con forma de dragón que heredé de un bisabuelo que murió hace veinticinco años a causa del Ébola.

Se levantó de golpe y se asomó por la ventana. Al soltar la cortina se dirigió hacia la puerta de la entrada-

– ¿Qué haces?

– Dejé a Holli afuera, no sabía cuando tiempo iba a pasar aquí. Hace frío y no la puedo dejar así.

– ¿Quién coño es Holli? – le pregunté con cierta amargura, pues no tenía intención de permitir un preescolar en mi casa. Ya me bastaba con una para que además llegara otra igual.

La niña abrió la puerta y salió. Yo me quedé dentro esperando, dudando, a la expectativa de ver qué es lo que iba a pasar. A los pocos segundos entró seguida de un perro. Un Pug. Medía poco más de un metro con su cuerpo marrón claro y su rostro negro arrugado. Siempre he creído que estos animales nacieron ancianos y amargados, tal como un bull dog miniatura. La bestia fue directo al sofá y se sentó sobre él.

– ¿Un perro? Eso es lo que no podías dejar afuera – le afirmé.

– Se llama Holli, y es una perra – me dijo sin inmutarse.

– Lo que sea, no me gusta que entren animales a mi casa.

– Ya te dije que no la voy a dejar afuera – me contestó con indiferencia.

– Al menos dile que se baje de mi sofá.

– Holli, bájate del sofá que te vas a ensuciar.

Fui al bar y me serví otro trago, la noche se planteaba larga y ya mi genio estaba cruzando los límites establecidos.

Cuando regresé a la sala el perro estaba de nuevo sobre el sofá y la niña desaparecida. La llamé y apareció con una lata de palmitos.

– ¿Quién te dio permiso para escarbar en mi nevera? – pregunté severo.

– Holli necesita comer, y esto es lo único interesante que conseguí en esa nevera.

La niña siempre daba un paso adelante cada vez que de responder se trataba. Me estaba sacando de quicio. De estar tranquilo escribiendo pasé a tener una inquilina en mi casa, regalándole la comida a un perro y un cuento sobre Berlín.

Ahí estaba el animal, tragándose mis palmitos uno a uno.

– Mira, por aquí quiero pasear – me dijo mientras me mostraba una fotografía de la Siegessaule.

– No me interesa por dónde quieras pasear. Yo no quiero salir de mi casa. Yo no voy a ir Berlín a llevar a nadie. No voy a viajar con eso – le dije mientras señalaba al perro.

– Holli – me corrigió.

– Lo que sea. ¿Quién va a reponer mis palmitos ahora?

– Yo puedo ir mañana a comprarlos.

– Si, claro que puedes, y puedes aprovechar y comprar las pastillas también, pero lo necesito ahora.

– ¿Qué pastillas? Yo no le he dado pastillas a Holli – dijo con voz inocente.

– Las pastillas, las pastillas. Mis pastillas para la esquizofrenia.

– ¿Esquizofrenia?

– Si, esquizofrenia alucinatoria con ira narcisista involuntaria.

– ¿Y ves gente?

– Te estoy viendo a ti – le dije sin importancia.

– No, que si alucinas, me refiero – respondió la sabelotodo.

– Una vez, pero el humor cambia y ya no soporto eso ni a ti ni a…

– Holli.

– Holli – contesté con brusquedad – Quiero terminar de escribir, por favor despídete y sal de mi casa.

– ¿Qué escribes?

– Eso no te importa.

El perro comenzó a emitir una serie de ronquidos estrafalarios. Era un sonido de otro mundo. Nadie podría dormir al lado de ese ser. A esta hora ya el sofá debía estar manchado de baba y saliva. Vaya noche.

La niña se acercó a la mesa donde tenía la hoja que estaba escribiendo antes de que apareciera.

– ¿De quién te despides? – me preguntó.

– De nadie, ya te dije que eso no es de tu interés.

– Es una carta de despedida.

– No te las des de la sabia conmigo ¿eh?

¿Te vas a matar? Si lo vas a hacer, primero llévame a Berlín.

– No. No te metas en mi vida. Ya te dije que no te voy a llevar a ningún Berlín. Por favor, sal de mi casa.

Los zapatos rojos de la niña hacían que a pesar de querer botarla me dejara un cierto aire de esperanza. Eran atrevidos, pecadores, pero a la vez vivos y decentes. Ella notó que mi mirada de vez en cuando se perdía en sus pies. El perro seguía roncando como la bestia que era.

– ¿Puedes callarlo de una vez? – me quejé.

– No. Siempre que duerme ronca porque tiene la nariz chata.

– Ya no puedo estar tranquilo ni en mi propia casa.

– ¿Me vas a llevar a Berlín? – me volvió a preguntar.

­– No niña, no puedo salir de esta casa. Hace ya dos años que estoy encerrado aquí. Tengo miedo a estar en la calle. Allá afuera hay peligros con los que no podría vivir. Menos montarme en un avión contigo.

– ¿Es por eso que te vas a matar?

– En parte – le contesté.

– Qué lástima – me dijo resignada – ¿Y de quién te despides?

– De nadie, de ti, de quien sea.

La niña se me quedó viendo por varios segundos. Comenzó a quitarse los zapatos rojos y me los dio.

­– Toma, te los regalo – me dijo mientras me los daba.

– ¿Por qué? – pregunté confundido.

– Porque te hacen feliz.

– Gracias, supongo.

Coloqué los zapatos sobre la mesa, justo al lado del cenicero con forma de dragón.

­– Voy a ir a comprar tu palmito y tus pastillas para que puedas matarte.

– Gracias – le contesté.

La niña salió de la casa y me dispuse a terminar de escribir la carta. Los ronquidos del perro no me dejaban mantener la concentración. Ya no sabía qué escribir. Me levanté para servirme otro trago y me encontré con los zapatos rojos. Los cogí. Verdaderamente me hacían feliz. Subí a mi habitación, me senté en la cama de debajo de esta, saqué una pequeña caja con los ahorros de mi vida.

Al regresar a la sala, agarré la carta incompleta y por la parte de atrás escribí “Gracias por las pastillas. Vive en Berlín”. Puse el papel sobre los ahorros, bajé al animal del sofá y me acosté con los zapatos rojos.

A la mañana siguiente desperté con la luz del sol que se colaba por la ventana que la niña dejó mal cerrada. Los zapatos rojos posaban al lado del sofá puestos ordenadamente. Sobre la mesa estaba la caja de ahorros por la mitad y la misma carta incompleta con unas líneas de más: “No me llevé todo el dinero porque también necesitas. El palmito está en la nevera. Las pastillas no te las pude conseguir, pero te dejé a alguien que te puede hacer compañía hasta que regrese de Berlín o logres matarte…”.

Al subir la mirada de la hoja, me percaté de que la bestia estaba mirándome desde el otro lado de la sala.

“…compré palmito para los dos. Se llama Holli, recuerda, y es una perra”.

Por unos segundos quise matar a la niña. Yo no quería esperar un día más y menos con el animal, pero tras analizar la situación, y los zapatos rojos, pensé que quizá no sería tan complicada la espera.

– Holli, ven aquí – llamé al perro.

No me hacía caso.

– Holli, ven aquí – repetí.

Nada.

– Coño, perro del carajo, que vengas.

Al escucharme, el animal comenzó a orinarse sobre la alfombra.

– Maldito animal.

Era el comienzo de una nueva amistad.

RFC

sábado, 31 de marzo de 2012

La mecedora de Haití


Me senté a leer en la mecedora de Haití de mi abuela. Siempre la consideró una reliquia. Era su preferida. Pasaba largas horas sentada viendo por la pequeña ventana al costado de la sala antes de morir. Puedo decir que al dejármela la salvó de vivir en ese purgatorio de país donde fue creada.

Al pasar la segunda página del libro ella apareció. La había sentido segundos antes de hacerse visible a mis ojos. Su presencia se hacía notar sin necesidad de estar en el momento indicado. Es como el aire frío que siente el cuerpo cuando el peligro está al acecho. Aparté la mirada del libro y volteé para verla. Ahí estaba. Erguida en su orgullo. Vestida siempre de azul y con la sonrisa falsa marcada en su rostro. He actuado de distintas maneras cada vez que se presenta. Esta vez quería deshacerme de ella. Quise ahorcarla y demostrarle mi repudio. Comérmela para no verla más. A pesar de todo me tranquilicé.

Sabía por qué estaba ahí. Sabía que es lo qué quería. Mi abuela siempre la dejó sentarse en la mecedora de Haití mientras disfrutaba de esa sonrisa maldita que atormenta a cualquiera. Nos vimos fijamente a los ojos por varios segundos. Ninguno apartó la mirada. Era una lucha, un desafío por el poder. Yo accedí y bajé la vista nuevamente al libro.

Intenté continuar la lectura pero sentí su mirada penetrando en mi cabeza destruyendo con su miseria toda la felicidad que alguna vez logré alcanzar.

Comencé a sudar. El pánico se apoderó de mi mente. No aguanté. Me levanté, la agarré y la senté en la mecedora de Haití. Ahí estaba, posando con su sonrisa de victoria mientras yo me sentaba en el suelo derrotado. No pasó un minuto y ya escuchaba su risa. Una carcajada malévola, burlona con aires de superioridad. Me veía y me señalaba. Disfrutaba jugar conmigo, apoderarse de lo mío.

Me levanté bruscamente del suelo. La agarré. La arrebaté. La torcí. La mordí. La lancé. Una fuerza bruta se apoderó de mi haciéndome olvidar todo. Sentí felicidad. Estaba lleno de vida mientras sentía su dolor. De su pequeño cuerpo de porcelana comenzó a salir un pequeño hilo de sangre. La volví a lanzar hasta que su cabeza se separó de su cuerpo.

Me senté de nuevo en la mecedora de Haití. Cogí el libro y reanudé mi lectura. Ahora yo, después de tantos años había logrado vencerle.

El aire frío había desaparecido. La sala estaba tranquila y en silencio. Había paz en el ambiente. Volteé para verla y ahí estaba con sus ojos penetrantes. La sonrisa aún plasmada en su pequeño rostro con hendiduras separado por varios centímetros de su cuerpo. El vestido azul roto mostraba abolladuras en su estructura de porcelana. Ahí quedó acostada eternamente. Siempre sonriente y con la mirada fija hacía el único recuerdo que nos quedaba de la abuela: la mecedora de Haití.

RFC

miércoles, 28 de marzo de 2012

Vísceras II


Cuando era pequeño no decía groserías. Me gusta escribir pero nunca sé sobre qué. No me llevo bien con los niños y ellos no se llevan bien conmigo. Jamás he probado un vaso de leche. Roma es la mejor ciudad en la que he estado. Siempre he querido tener un mono y llamarlo Ramón. La poesía es tan aburrida como Coldplay. Me cuesta apreciar las películas francesas. Hace un año escribí mi primer libro y no he logrado publicarlo. Ahora escribo una novela. Hace años que no tengo una novia, creo que dejé de creer en eso. Tuve un programa de radio y hasta el día de hoy creo que es el mejor que se ha hecho en el país. En diciembre hice mi primer cortometraje. Aún no me gustan las cucarachas. Mis amigos se están yendo del país. Cada vez que me monto en el carro tengo miedo de que me maten. Me gusta leer sólo lo que yo escojo. Soy comprador compulsivo. Bebo sangría de vino blanco. Antes de consumir Tafil vomitaba en los aviones con trayectos de más de cuatro horas. En mayo estreno mi primera obra de teatro profesional. Me gustan todas las películas de Tim Burton y Tarantino. Me fastidio en la mayoría de las conversaciones. Me despidieron de una página de noticias y de una emisora de radio, de la primera porque no había dinero, de la segunda por no hacer caso a las ordenes del dueño. En tercer año de mi carrera estuve a punto de renunciar y dedicarme a la medicina. No me gusta perder una discusión. Todos los hamsters que tuve se murieron. Una vez conocí el infierno, aquí lo llaman ‘el llano’. Descargo soundtracks de películas. Compré un gato japonés de la suerte en una venta de corotos. Mis cepillos de diente duran menos de un mes. No me gustan las matemáticas ni las religiones. Soy de pocos amigos y la gente no me cae bien a primera vista. Siempre he querido planear mi funeral ficticio. Nunca he lanzado un fuego artificial. Tengo converses de todos los colores y ya no los uso. Prefiero hablar antes que bailar. Ya no sé que poner en Twitter. Estoy enamorado de Emma Roberts y Avril Lavigne. Sólo he ganado un juego de Bingo una vez. Cuando entro a un casino es difícil que salga. Tengo más de cinco años sin hacerme un examen de sangre. Las modelos me parecen bobas, pocas me han demostrado lo contrario. En el colegio comulgaba cuando tenía hambre. Prefiero el ron antes que el whisky. No odio a Arjona como todo el mundo. Mi segundo nombre proviene de un hermano que nunca conocí. Me baño con agua caliente. La hamburguesa la pido sin vegetales. No me gustan las cosas que son inhaladas. Acostumbro a no atender el teléfono y llegar tarde. No creo en jefes ni oficinas. Siempre he querido ver un fantasma y creo haber visto un gnomo una vez. Hay mañanas en que me levanto sin saber quien soy.

domingo, 18 de marzo de 2012

El ascensor varado


De todos los intentos que hacía el ingeniero del piso ocho para que la mujer que estaba a su lado se volteara aunque fuera sólo a verlo, ninguno funcionaba. Recordó haberla visto al llegar a la puerta del ascensor. Ella esperaba con cartera roja en mano. Roja como esas de piel de culebra. No es original, pensó. Por lo visto ningún animal salió herido para la fabricación de la prenda.

Se puso a su lado. No presionó el botón, porque ella ya lo había hecho. Siempre le habían molestado aquellas personas que, en su desespero, comienzan a pulsarlo y pulsarlo como si eso fuese a hacer que el ascensor llegara más rápido. La vio. Era espectacular a sus ojos. No recordaba haberse encontrado con ella antes. O era una nueva inquilina o estaba de visita.

Al ingeniero no se le daba con facilidad eso de conocer gente entablando una conversación de repente. Menos a la espera de un ascensor. Podía preguntarle por la hora, pero caería en un cliché tan abusado que en seguida, la mujer de la cartera de culebra roja, le voltearía la cara con un gesto de indiferencia plena. Hablar del clima que hacía fuera, era aún peor. Y tampoco es que su vida fuera interesante para contar un anécdota y captar su atención. El humor también estaba descartado. Era un pobre infeliz. Un pobre ingeniero infeliz, de eso se dio cuenta. Aunque ya lo sabía.

Las puertas de metal se abrieron y el espacio estaba vacío. Los únicos tripulantes de aquel cuarto, que sube y baja, serían ellos dos. Ella entró primero, él después. Ella marcó el número ocho, él dijo casi susurrando que compartían el mismo piso. Ella sonrió levemente. El ingeniero nunca había visto una sonrisa así, se quedó perplejo ante tanta belleza. Las puertas se cerraron y el ascensor comenzó a moverse hacia arriba.

Podía mirarla, estaba ubicado un poco más atrás, recostado a la pared del fondo. Ella veía hacia el frente, con su cartera roja de culebra guindada del brazo izquierdo. Las mil y un maneras que se le ocurrían al ingeniero para decirle algo, fueron interrumpidas por un brusco movimiento que el ascensor dio. Tras el pequeño temblor, se detuvo en seco y dejó de trasladarse hacia arriba. Tampoco hacia abajo. Ella volteó. Mostró un rostro dubitativo pero indiferente. El ingeniero entendió que era su momento para hablar, decirle algo, conocerla, enamorarla, llevarla a la cama y casarse.

Se quejó del problema. Fue lo primero que logró hacer. Ella volteó, asintió y frunció el ceño en señal de aceptación. Luego le señaló el botón de la alarma, y le dijo que lo presionara. La mujer obedeció, y por un largo rato lo dejó oprimido. Más de lo necesario. El sonido le aturdió.

Le preguntó si era nueva en el edificio. Se arriesgó. Le dijo que llevaba más de cinco años viviendo ahí y que jamás la había visto. Ella volteó nuevamente y volvió a hacer un gesto de queja con el rostro. Qué descaro el de esta mujer, pensó el ingeniero. Amablemente le había preguntado y ella ni una palabra le contestó. Vaya mala educación tiene la gente hoy en día, se dijo para sí mismo.

Para mejorar las cosas, se animó a decirle que le agradaba la cartera roja de culebra. Tras esto, la mujer la abrió y sacó un teléfono. Lo levantó en busca de señal. No había. El ingeniero estaba pasmado. La ira le comenzó a invadir. Nunca había tenido mucha suerte con el género opuesto, pero la indiferencia y el trato que la mujer le daba le sacaba de quicio. Una persona que lo tratara como si no estuviera no merecía poseer esa clase de belleza. La condenó y la insultó en su mente.

El ascensor estaba varado con él y una mujer dentro. La situación no podía ser más perfecta, pero ella ni se inmutaba. La maldijo. Luego se maldijo a sí mismo.

No aguantó. En voz alta comenzó a decirle que era una maleducada. Le amenazó diciendo que si pasaban horas encerrados, él no la ayudaría en absolutamente nada. Se victimizó demostrando que sólo quería compartir un rato y entablar una conversación mientras reparaban el ascensor. La acusó de arpía, de ególatra, de creerse lo que no es por tener belleza. Se imaginó ahorcándola. Lanzándola contra las paredes y halándole el cabello para aplastarle la cara contra el suelo. La catalogó de asesina de animales por llevar piel de culebra entre sus brazos. Le gritó. La insultó. Volvió a amenazarla. Se imaginó como la violaba mientras lloraba. Quiso arrebatarle la cartera y vaciarla. La mujer, seguía viendo hacia el frente, sin querer voltear. Estaba postrada tal como si él no estuviera presente. Era tanta la furia, que un instinto asesino surgió en el ingeniero. Alzó el brazo para golpearla, se le acercó y en el preciso momento en que fue a darle un golpe en la nuca, el ascensor reanudó su marcha.

El ingeniero se detuvo en el acto y bajó el brazo. La mujer volteó nuevamente y subiendo las cejas negó con la cabeza. El resto del camino lo pasaron en silencio. Nadie dijo nada.

La pantalla del ascensor marcó el número ocho. Las puertas se abrieron y fuera, esperando, estaba la vecina del apartamento tres. La mujer de la cartera roja de culebra salió primero, abrazó a la vecina y luego comenzó a hablarle con lengua de gestos, moviendo sus manos. El ingeniero dejó el ascensor y en seguida, la del apartamento tres le saludó y le presentó a su hermana. Ella le estrechó el brazo y luego le hizo señas. Hola, mucho gusto, le tradujo la vecina.

RFC

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